Una nueva catástrofe nos sacude la conciencia

Todos somos conscientes de que una nueva catástrofe nos sacude la conciencia y llama a las mismas puertas de Europa. La catarata de noticias e imágenes de estos días nos han conmovido como seres humanos y como creyentes. Sabemos que en nuestra diócesis muchas personas siguen sufriendo el flagelo del paro, la precariedad laboral, la exclusión y muchas formas de vulnerabilidad personal y social. Ello nos desafía a vivir la verdadera solidaridad, que conlleva en sus entrañas la cualidad de la universalidad y nos impide caer en la tentación de las "disputas entre nuestros pobres y los que llegan". 

 

Todos son pobres de Cristo, todos son hijos de Dios. Todos tienen derecho a reclamarnos, en un mundo en el que la pobreza no es un problema técnico, sino ético, una verdadera justicia social global. Responder con eficacia, humanidad y prontitud a unas y a otras situaciones corresponde a las autoridades públicas y a los organismos competentes. Pero ello no obsta para que la sociedad civil, y la Iglesia católica en particular, tenga una palabra que decir y, sobre todo, un grano de arena que aportar para aliviar tanto dolor ajeno. Es cuestión de humanidad y a la Iglesia, que quiere prolongar la mano acogedora de su Señor, nada humano le puede ser ajeno (Carta Pastoral del Arzobispo de Madrid con motivo de la Constitución de la Mesa por la Hospitalidad de la Iglesia de Madrid).

Corazón sensible

El principio orientador general vinculante es que: "Todo emigrante  posee derechos inalienables en cualquier situación" (Caritas in Veritate, 62). "El primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad" (Caritas in Veritate 26) (cfr. Gaudium et Spes 63).  Por eso, los desplazados "no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral" (Caritas in Veritate 62). A la postre, no podemos realizar nuestra identidad contra la de otros más débiles, sino junto con ellos. Ello exige huir tanto del asimilacionismo, que no respeta a la cultura de origen, como de la tentación de replegarnos en guetos que absoluticen las diferencias y obvien lo que nos debe vincular. 

 

El desafío es crear una sana interculturalidad que rechace lo que desiguale y respete lo que diferencia en un marco de continuo diálogo, siempre respetuoso con la cultura de los derechos humanos y la democracia como expresión de la voluntad popular (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 16 y 442) (Carta Pastoral del Arzobispo de Madrid con motivo de la Constitución de la Mesa por la Hospitalidad de la Iglesia de Madrid).

¡MANOS A LA OBRA!

"La caridad de Cristo nos urge" (2 Corintios 5,14). Nos toca comenzar ya a trabajar, ceñirnos el cinturón y ponernos en disposición de lavar los pies a los heridos de la vida. En la Iglesia nadie es extranjero. Las Iglesia no será jamás extranjera para ningún ser humano, decía san Juan Pablo II. Por eso, está llamada a "ser abogada de la justicia y defensora de los pobres" (CELAM, Documento de Aparecido 395). Nuestro objetivo debe ser que las personas que se acercan a nosotros, "se sientan como en su propia casa" (Juan Pablo II, Novo Millennio Inneunte, 50) (Carta Pastoral del Arzobispo de Madrid con motivo de la Constitución de la Mesa por la Hospitalidad de la Iglesia de Madrid).

 

PISTAS DE REFLEXIÓN

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