I Corintios

Inmadurez de los corintios (3, 18-23)

18Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros presume de sabio según los criterios de este mundo, mejor será que se convierta en necio, para alcanzar así la verdadera sabiduría.

19Porque la sabiduría del mundo es necedad a los ojos de Dios. Así lo dice la Escritura: Dios atrapa a los sabios en la trampa de su propia astucia. 

20Y en otro lugar: El Señor sabe cuán vanos son los pensamientos de los sabios. 

21Que nadie, pues, ande presumiendo de los que no pasan de ser seres humanos. Todo os pertenece: 22Pablo, Apolo, Pedro, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro; todo es vuestro.

23Pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: salvaguardar el medio ambiente

No sólo la interioridad del  hombre ha sido sanada, también su corporeidad ha sido elevada por la fuerza  redentora de Cristo; toda la creación toma parte en la renovación que brota de  la Pascua del Señor, aun gimiendo con dolores de  parto (cf. Rm 8,19-23), en espera de dar a luz « un nuevo cielo y una  tierra nueva » (Ap 21,1) que son el don del fin de los tiempos, de la  salvación cumplida. Mientras tanto, nada es extraño a esta salvación: en  cualquier condición de vida, el cristiano está llamado a servir a Cristo, a  vivir según su Espíritu, dejándose guiar por el amor, principio de una vida  nueva, que reporta el mundo y el hombre al proyecto de sus orígenes: « El mundo,  la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro; y vosotros, de  Cristo y Cristo, de Dios » (1 Co 3,22-23) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 455).

Miembros de Cristo y templos del Espíritu (6, 12-20)

12Andan diciendo algunos: "Todo me está permitido". Sí, pero no todo es conveniente. Y, aunque todo me esté permitido, no debo dejar que nada me esclavice.

13Dicen también: "La comida es para el estómago, y el estómago, para la comida*"; pero Dios hará que perezcan ambas cosas. Y, en todo caso, el cuerpo no está hecho para la lujuria, sino para el Señor. A su vez, el Señor es para el cuerpo.

14Por su parte, Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder.

15¿Ignoráis que vuestros cuerpos son miembros del cuerpo de Cristo? ¿Y voy a convertir un miembro de Cristo en miembro de prostituta? ¡De ningún modo!

16Sabéis, en efecto, que unirse a una prostituta es hacerse con ella como un solo cuerpo. La misma Escritura lo dice: Los dos formarán un solo ser.

17En cambio, el que se une al Señor, formará con él un solo ser en la esfera del Espíritu.

18Huid de la lujuria. Cualquier otro pecado que la persona cometa queda fuera del cuerpo, pero el pecado de la lujuria ofende al propio cuerpo.

19¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios y que habita en vosotros? Ya no sois los dueños de vosotros mismos.

20Habéis sido rescatados a buen precio; glorificad, pues, a Dios con vuestro cuerpo.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: hacia una civilización del amor

La Iglesia enseña al hombre  que Dios le ofrece la posibilidad real de superar el mal y de alcanzar el bien.  El Señor ha redimido al hombre, lo ha rescatado a caro precio (cf. 1 Co 6,20). El sentido y el fundamento del  compromiso cristiano en el mundo derivan de esta certeza, capaz de encender  la esperanza, a pesar del pecado que marca profundamente la historia humana:  la promesa divina garantiza que el mundo no permanece encerrado en sí mismo,  sino abierto al Reino de Dios. La Iglesia conoce los efectos del « misterio  de la impiedad » (2 Ts 2,7), pero sabe también que « hay en la persona  humana suficientes cualidades y energías, y hay una "bondad" fundamental (cf. Gn 1,31), porque es imagen de su Creador, puesta bajo el influjo redentor de  Cristo, "cercano a todo hombre", y porque la acción eficaz del Espíritu Santo  "llena la tierra" (Sb 1,7) » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 578).

Matrimonio y virginidad (7, 25-40)

25En cuanto a las personas solteras, no he recibido ninguna norma del Señor. Os ofrezco, sin embargo, el consejo de quien, por la misericordia de Dios, es digno de crédito.

26Pienso que, dada la difícil situación en que vivimos, lo mejor es que cada uno permanezca como está.

27¿Estás casado? No intentes separarte. ¿Eres soltero? No busques mujer.

28Pero no haces nada malo si te casas; como tampoco hace mal una soltera si se casa. Sólo que yo quisiera ahorrar a todos estos las dificultades que les aguardan en la vida.

29Os prevengo además, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta, los que están casados vivan como si no lo estuvieran;

30los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres como si no lo estuvieran; los que compran, como si no fuera suyo lo comprado;

31los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutaran. Porque el orden natural de este mundo está en trance de acabar.

32Quisiera también ahorraros preocupaciones. El soltero está en situación de preocuparse por las cosas del Señor, buscando en todo la forma de agradarle.

33En cambio, el casado ha de preocuparse de los asuntos del mundo y de cómo agradar a su mujer,

34teniendo así dividido el corazón. Igualmente, la mujer sin marido y la mujer soltera están en mejor situación para preocuparse por las cosas del Señor, dedicándose a él en cuerpo y alma. La mujer casada, por su parte, se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su marido.

35Si os digo estas cosas, es por vuestro bien. ¡Lejos de mí pretender tenderos lazo alguno! Sólo quiero que os dediquéis al Señor de manera digna, asidua y sin estorbos.

36Es posible que alguno juzgue poco noble dejar plantada a su novia, ya que ha sobrepasado la flor de la edad, y se decida, por tanto, a actuar en consecuencia. Haga lo que mejor le parezca; ningún pecado hay en que se casen.

37Pero quien, sintiéndose firme en su interior, sin presión alguna que le fuerce y en pleno uso de su libertad, tome la resolución de no casarse con su novia; hace muy bien.

38En resumen, el que se casa con su novia, hace bien, y el que no se casa, hace todavía mejor.

39Durante la vida de su marido, la mujer está ligada a él; pero si el marido muere, la mujer queda libre para casarse con quien le plazca, siempre que lo hagan como cristianos.

40Sin embargo, será más feliz si permanece como está. Este es mi consejo, y también yo creo estar asistido por el Espíritu de Dios.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: trascendencia de la salvación y autonomía de las realidades terrenas

La persona humana no puede y no  debe ser instrumentalizada por las estructuras sociales, económicas y políticas, porque todo hombre posee la libertad de orientarse hacia su fin último. Por otra parte, toda realización cultural, social, económica y política, en  la que se actúa históricamente la sociabilidad de la persona y su actividad  transformadora del universo, debe considerarse siempre en su aspecto de realidad  relativa y provisional, porque « la apariencia de este mundo pasa » (1 Co 7,31). Se trata de una relatividad escatológica, en el sentido de que el  hombre y el mundo se dirigen hacia una meta, que es el cumplimiento de su  destino en Dios; y de una relatividad teológica, en cuanto el don de  Dios, a través del cual se cumplirá el destino definitivo de la humanidad y de  la creación, supera infinitamente las posibilidades y las aspiraciones del  hombre. Cualquier visión totalitaria de la sociedad y del Estado y cualquier  ideología puramente intramundana del progreso son contrarias a la verdad  integral de la persona humana y al designio de Dios sobre la historia (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 48).

La carne sacrificada a los ídolos (8, 1-13)

1En cuanto a la carne ofrecida en sacrificio a los ídolos, todos conocemos el modo de proceder. Pero el conocimiento envanece; sólo el amor es verdaderamente provechoso.

2Si alguien presume de conocer alguna cosa, es que ignora todavía cómo hay que conocer.

3Pero si ama a Dios, entonces es objeto del conocimiento amoroso de Dios.

4En lo que se refiere a comer carne ofrecida en sacrificio a los ídolos, sabemos que los ídolos no significan nada en el mundo y que no hay más que un Dios.

5Existen, sí, esos a los que llaman dioses, sea en el cielo o en la tierra -y son, por cierto, muchos esos dioses y señores-.

6Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios: el Padre, de quien todo procede y a quien todos estamos destinados; y sólo hay un Señor: Jesucristo, mediante el cual han sido creadas todas las cosas y por quien vivimos también nosotros.

7Pero no todos tienen este conocimiento. Algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace muy poco, comen pensando que es carne sacrificada a los ídolos, y su conciencia, que está poco formada, incurre en culpa.

8No será un alimento lo que nos haga estar más cerca de Dios; nada perderemos por dejar de comer, ni ganaremos nada por comer.

9Eso sí, procurad que esta libertad vuestra no se convierta en ocasión de caída para los poco formados.

10Porque vamos a suponer que alguien te ve a ti, que tienes la conciencia bien formada, tomando parte en un banquete en el que se sirve carne sacrificada a los ídolos. Su conciencia poco formada ¿no se dejará llevar de tu ejemplo y comerá de esa carne?

11Y así, porque tú te las das de sabio, se perderá ese hermano poco formado todavía, pero por quien Cristo murió.

12Con lo que, además de pecar contra los hermanos al hacer daño a su conciencia mal formada, pecáis también contra Cristo.

13Por eso, si tomar un alimento va a ser ocasión de pecado para mi hermano, jamás tomaré ese alimento, para no dar a mi hermano ocasión de pecar.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la actividad humana

La actividad humana de  enriquecimiento y de transformación del universo puede y debe manifestar las  perfecciones escondidas en él, que tienen en el Verbo increado su principio y su  modelo. Los escritos paulinos y joánicos destacan la  dimensión trinitaria de la creación y, en particular, la unión entre el  Hijo-Verbo, el « Logos », y la creación (cf. Jn 1,3; 1 Co 8,6; Col 1,15-17). Creado en Él y por medio de Él, redimido por Él, el  universo no es una masa casual, sino un « cosmos », cuyo orden el  hombre debe descubrir, secundar y llevar a cumplimiento. « En Jesucristo, el  mundo visible, creado por Dios para el hombre -el mundo que, entrando el pecado,  está sujeto a la vanidad (Rm 8,20; cf. ibíd., 8,19-22)- adquiere  nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del  Amor ». De esta manera, es decir, esclareciendo en progresión  ascendente, « la inescrutable riqueza de Cristo » (Ef 3,8) en la  creación, el trabajo humano se transforma en un servicio a la grandeza de Dios (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 262).

El ejemplo de Pablo (9, 1-18)

1¿No soy yo libre? ¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús, nuestro Señor? ¿No sois vosotros el fruto de mi trabajo cristiano?

2Pase que otros no me reconozcan como apóstol, pero vosotros sí debéis reconocerme, pues sois el sello que garantiza mi apostolado cristiano.

3Esta es precisamente mi defensa frente a mis detractores.

4¿Acaso no tenemos derecho a alimentarnos?

5¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como hacen los demás apóstoles, los hermanos del Señor y el mismo Pedro?

6¿O es que Bernabé y yo somos los únicos obligados a realizar otros trabajos?

7¿Cuándo se ha visto a un soldado hacer la guerra a costa de sus propios bienes? ¿Quién planta una viña y no come de sus frutos? ¿Quién apacienta un rebaño y no se alimenta de su leche?

8Pero no quisiera alegar razones puramente humanas. Es la ley quien lo dice,

9la ley de Moisés en la que está escrito: No pongas bozal al buey que trilla. ¿Y esto lo dice Dios porque le preocupen los bueyes,

10o más bien refiriéndose a nosotros? Sin duda que está escrito en atención a nosotros, ya que, tanto el que ara como el que trilla, lo hacen con la esperanza de participar en la cosecha.

11Nosotros hemos sembrado bienes espirituales; ¿será mucho pedir que cosechemos de vosotros algún bien terreno?

12Si otros se consideran con derecho a ello, mucho más nosotros. Y, sin embargo, no hemos querido utilizar este derecho. Preferimos soportar lo que sea, a fin de no crear impedimento alguno al anuncio del mensaje evangélico de Cristo.

13Bien sabéis que los ministros del culto viven de ese ministerio y que los que sirven al altar participan de las ofrendas que se hacen en él.

14De forma semejante, el Señor dispuso que quienes anuncian el mensaje evangélico vivan de esa tarea.

15Pero yo, ni he hecho uso de ninguno de esos derechos ni os escribo estas líneas para que me sean reconocidos. Prefiero morir antes que nadie me arrebate este motivo de orgullo.

16Pues anunciar el mensaje evangélico no es para mí un motivo de orgullo; es una necesidad que se me impone, ¡y pobre de mí si no lo anunciase!

17Si realizara esta tarea por propia iniciativa, merecería una recompensa; pero si lo hago por obligación, como una tarea que se me ha encomendado,

18¿dónde está entonces mi recompensa? Está en el hecho de anunciar gratuitamente el mensaje evangélico, sin aprovecharme del derecho que me confiere el anuncio del mensaje.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: derecho y deber de la Iglesia

Este derecho es al mismo tiempo  un deber, porque la Iglesia no puede renunciar a él sin negarse a sí misma y su  fidelidad a Cristo: « ¡Ay de mí si no predicara el  Evangelio! » (1 Co 9,16). La amonestación que San Pablo se dirige a sí  mismo resuena en la conciencia de la Iglesia como un llamado a recorrer todas  las vías de la evangelización; no sólo aquellas que atañen a las conciencias  individuales, sino también aquellas que se refieren a las instituciones  públicas: por un lado no se debe « reducir erróneamente el hecho religioso a la  esfera meramente privada », por otro lado no se puede orientar el  mensaje cristiano hacia una salvación puramente ultraterrena, incapaz de  iluminar su presencia en la tierra.

Por la relevancia pública del Evangelio y de la fe y por los  efectos perversos de la injusticia, es decir del pecado, la Iglesia no puede  permanecer indiferente ante las vicisitudes sociales: « es tarea de la Iglesia anunciar siempre y en todas partes los  principios morales acerca del orden social, así como pronunciar un juicio sobre  cualquier realidad humana, en cuanto lo exijan los derechos fundamentales de la  persona o la salvación de las almas » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 71).

Muchos miembros, pero un solo cuerpo (12, 12-31)

12Sabido es que el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros, y que los diversos miembros, por muchos que sean, constituyen un solo cuerpo. Lo mismo sucede con Cristo.

13Todos nosotros, en efecto, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido el bautismo en un solo Espíritu, a fin de formar un solo cuerpo; a todos se nos ha dado a beber de un mismo Espíritu.

14Por otra parte, el cuerpo no está formado por un solo miembro, sino por muchos.

15Si el pie dijera: "Como no soy mano, nada tengo que ver con el cuerpo", ¿dejaría por ello de formar parte del cuerpo?

16Y si el oído dijera: "Como no soy ojo, nada tengo que ver con el cuerpo", ¿dejaría por ello de formar parte del cuerpo?

17Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo podría oír? Y si todo fuera oído, ¿cómo podría oler?

18Por algo distribuyó Dios cada uno de los miembros en el cuerpo según le pareció conveniente.

19Pues ¿dónde estaría el cuerpo si todo él se redujese a un solo miembro?

20Precisamente por eso, aunque el cuerpo es uno, los miembros son muchos.

21Y no puede el ojo decirle a la mano: "No te necesito". Como tampoco puede la cabeza decir a los pies: "No os necesito".

22Al contrario, cuanto más frágil parece un miembro, más imprescindible es,

23y rodeamos de especial cuidado aquellas partes que menos parecerían merecerlo. Asimismo, tratamos con mayor decoro las que consideramos más indecorosas,

24pues las que en sí mismas son decorosas no necesitan especial cuidado. Dios mismo ha organizado el cuerpo dando más honor a lo que menos parece tenerlo,

25a fin de que no existan divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros por igual se preocupen unos de otros.

26Y así, cuando un miembro sufre, todos sufren con él, y cuando recibe una especial distinción, todos comparten su alegría.

27Vosotros formáis el cuerpo de Cristo, y cada uno por separado constituye un miembro.

28Es Dios quien ha asignado en la Iglesia un puesto a cada uno: en primer lugar están los apóstoles; en segundo lugar, los que comunican mensajes de parte de Dios; en tercer lugar, los encargados de enseñar; vienen después los que tienen el don de hacer milagros, de realizar curaciones, de asistir a los necesitados, de presidir la asamblea, de hablar un lenguaje misterioso.

29¿Son todos apóstoles? ¿Comunican todos mensajes de parte de Dios? ¿Han recibido todos el encargo de enseñar? ¿Hacen todos milagros?

30¿Tienen todos el poder de sanar enfermedades? ¿Hablan todos un lenguaje misterioso o son capaces de interpretarlo?

31En cualquier caso, aspirad a los más valiosos entre todos estos dones. Pero me queda por mostraros un camino que es con mucho el mejor.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la vía de la caridad

Entre las virtudes en su  conjunto y, especialmente entre las virtudes, los valores sociales y la caridad,  existe un vínculo profundo que debe ser reconocido cada vez más profundamente. La caridad, a menudo limitada al ámbito de las relaciones de proximidad, o  circunscrita únicamente a los aspectos meramente subjetivos de la actuación en  favor del otro, debe ser reconsiderada en su auténtico valor de criterio  supremo y universal de toda la ética social. De todas las vías, incluidas  las que se buscan y recorren para afrontar las formas siempre nuevas de la  actual cuestión social, la « más excelente » (1 Co 12,31) es la  vía trazada por la caridad (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 204).

El canto al amor (13, 1-13)

1¿De qué me sirve hablar lenguas humanas o angélicas? Si me falta el amor, no soy más que una campana que repica o unos platillos que hacen ruido.

2¿De qué me sirve comunicar mensajes de parte de Dios, penetrar todos los secretos y poseer la más profunda ciencia? ¿De qué me vale tener toda la fe que se precisa para mover montañas? Si me falta el amor, no soy nada.

3¿De qué me sirve desprenderme de todos mis bienes, e incluso entregar mi cuerpo a las llamas? Si me falta el amor, de nada me aprovecha.


4El amor es comprensivo y servicial; el amor nada sabe de envidias, de jactancias, ni de orgullos.

5No es grosero, no es egoísta, no pierde los estribos, no es rencoroso.

6Lejos de alegrarse de la injusticia, encuentra su gozo en la verdad.

7Disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.

8El amor nunca muere. Vendrá, en cambio, un día en que nadie comunicará mensajes de parte de Dios, nadie hablará en un lenguaje misterioso, nadie podrá presumir de una profunda ciencia.

9Ahora, en efecto, nuestro saber es limitado, limitada nuestra capacidad de hablar en nombre de Dios.

10Mas cuando venga lo completo, desaparecerá lo que es limitado.

11Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; al hacerme adulto, dije adiós a las cosas de niño.

12Ahora vemos confusamente, como por medio de un espejo; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco sólo de forma limitada; entonces conoceré del todo, como Dios mismo me conoce.

13Tres cosas hay que ahora permanecen: la fe, la esperanza, el amor. De todas ellas, la más grande es el amor.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: universalidad de la salvación

La realidad nueva que  Jesucristo ofrece no se injerta en la naturaleza humana, no se le añade desde  fuera; por el contrario, es aquella realidad de comunión con el Dios trinitario  hacia la que los hombres están desde siempre orientados en lo profundo de su  ser, gracias a su semejanza creatural con Dios; pero  se trata también de una realidad que los hombres no pueden alcanzar con sus  solas fuerzas. Mediante el Espíritu de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, en el  cual esta realidad de comunión ha sido ya realizada de manera singular, los  hombres son acogidos como hijos de Dios (cf. Rm 8,14-17; Ga 4,4-7). Por medio de Cristo, participamos de la naturaleza Dios, que nos dona  infinitamente más « de lo que podemos pedir o pensar » (Ef 3,20). Lo que  los hombres ya han recibido no es sino una prueba o una « prenda » (2 Co 1,22; Ef 1,14) de lo que obtendrán completamente sólo en la presencia de  Dios, visto « cara a cara » (1 Co 13,12), es decir, una prenda de la vida  eterna: « Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,  y a tu enviado, Jesucristo » (Jn 17,3) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 122).

También nosotros resucitaremos (15, 12-34)

12Y bien, si se proclama que Cristo ha resucitado, venciendo a la muerte, ¿cómo andan diciendo algunos de vosotros que los muertos no resucitarán?

13Si los muertos no han de resucitar, es que tampoco Cristo ha resucitado.

14Y si Cristo no ha resucitado, tanto nuestro anuncio como vuestra fe carecen de sentido.

15Es más, resulta que somos testigos falsos de Dios, por cuanto hemos dado testimonio contra él al afirmar que ha resucitado a Cristo, cosa que no es verdad si se da por supuesto que los muertos no resucitan.

16Porque si los muertos no resucitan, es que no ha resucitado Cristo.

17Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de valor y aún seguís hundidos en el pecado.

18En consecuencia también habremos de dar por perdidos a los cristianos que han fallecido.

19Si todo cuanto esperamos de Cristo se limita a esta vida, somos las personas más dignas de lástima.

20Pero no, Cristo ha resucitado venciendo la muerte y su victoria es anticipo de la de aquellos que han muerto.

21Pues si por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos.

22En efecto, del mismo modo que, al compartir la naturaleza de Adán, toda la humanidad está sujeta a la muerte, en cuanto injertados en Cristo, todos retornarán a la vida.

23Pero cada uno en el puesto que le corresponda: Cristo en primer lugar como anticipo; después los que pertenecen a Cristo, el día de su gloriosa manifestación.

24Entonces será el momento final, cuando, aniquiladas todas las potencias enemigas, Cristo entregue el reino a Dios Padre.

25Mientras tanto, es preciso que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies.

26Y como a último enemigo, destruirá a la muerte,

27porque Dios todo lo sometió debajo de sus pies. Bien entendido que, cuando la Escritura dice que "todo le ha sido sometido", no incluye a Dios, que es quien se lo sometió.

28Y cuando todo le haya quedado sometido, el Hijo se someterá a quien se lo sometió todo, para que Dios sea soberano de todo.

29Hay algunos que se hacen bautizar por los que han muerto; si es cierto que los muertos no han de resucitar, ¿qué sentido puede tener ese bautismo?

30Y nosotros mismos, ¿a qué ponernos en peligro a todas horas?

31Os aseguro, hermanos, por lo orgulloso que me siento de vosotros ante Cristo Jesús, Señor nuestro, que estoy al borde de la muerte cada día.

32Y si sólo aspiro a una recompensa humana, ¿de qué me sirve haber sostenido en Éfeso un combate contra fieras? Si los muertos no resucitan, ¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!

33No os engañéis: "Las malas compañías corrompen las buenas costumbres".

34Retornad al buen camino y no sigáis pecando; pues, para vergüenza vuestra, tengo que deciros que algunos de vosotros desconocen a Dios.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: integridad de la creación

El ingreso de Jesucristo en la  historia del mundo tiene su culmen en la Pascua, donde la naturaleza misma  participa del drama del Hijo de Dios rechazado y de la victoria de la  Resurrección  (cf. Mt 27,45.51; 28,2).  Atravesando la muerte e injertando en ella la resplandeciente novedad de la  Resurrección, Jesús inaugura un mundo nuevo en el que todo está sometido a Él  (cf. 1 Co 15,20-28) y restablece las relaciones de orden y armonía que el  pecado había destruido. La conciencia de los desequilibrios entre el hombre y la  naturaleza debe ir acompañada de la convicción que en Jesús se ha realizado la  reconciliación del hombre y del mundo con Dios, de tal forma que el ser humano,  consciente del amor divino, puede reencontrar la paz perdida: « Por tanto, el  que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo » (2  Co 5,17). La naturaleza, que en el Verbo había sido creada, por medio del  mismo Verbo hecho carne, ha sido reconciliada con Dios y pacificada (cf. Col 1,15-20) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 454).

Naturaleza de los cuerpos resucitados (15, 35-58)

35Alguien preguntará: ¿y cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo lo harán?

36¡Tonto de ti! Si tú siembras algo, no cobrará nueva vida a menos que antes muera.

37Y lo que siembras no es la planta entera que después ha de brotar, sino un simple grano, de trigo o de cualquier otra semilla.

38Dios, por su parte, proporciona a esa semilla, y a todas y cada una de las semillas, la forma que le parece conveniente.

39No todos los cuerpos son iguales: hay diferencia entre el cuerpo del ser humano, el del ganado, el de las aves y el de los peces.

40Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres. Y no es el mismo resplandor el de los unos que el de los otros.

41No brilla el sol como brillan la luna o las estrellas; e incluso entre las estrellas, cada una tiene un brillo diferente.

42Así sucede con la resurrección de los muertos: se siembra algo corruptible, resucita incorruptible;

43se siembra una cosa despreciable, resucita resplandeciente de gloria; se siembra algo endeble, resucita pleno de vigor;

44se siembra, en fin, un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay cuerpo animal, también lo hay espiritual.

45La Escritura dice: Adán, el primer ser humano, fue creado como un ser dotado de vida; el último Adán, como un espíritu que da vida.

46Y no existió primero lo espiritual, sino lo animal; lo espiritual es posterior.

47El primer ser humano procede de la tierra, y es terreno; el segundo viene del cielo.

48El terreno es prototipo de los terrenos; el celestial, de los celestiales.

49Y así como hemos incorporado en nosotros la imagen del ser humano terreno, incorporaremos también la del celestial.

50Quiero decir con esto, hermanos, que lo que es sólo carne y sangre no puede heredar el reino de Dios; que lo corruptible no heredará lo incorruptible.

51Mirad, voy a confiaros un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados.

52Súbitamente, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene -que sonará- la trompeta final, los muertos resucitarán incorruptibles mientras nosotros seremos transformados.

53Porque es preciso que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que esta vida mortal se revista de inmortalidad.


54Y cuando este cuerpo corruptible se revista de incorruptibilidad, cuando este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que dice la Escritura: La muerte ha sido devorada por la victoria.

55¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿dónde tu venenoso aguijón?

56El aguijón de la muerte es el pecado, y el pecado ha desplegado su fuerza con ocasión de la ley.

57Pero nosotros hemos de dar gracias a Dios, que por medio de nuestro Señor Jesucristo nos concede la victoria.

58Por tanto, hermanos míos muy queridos, manteneos firmes y constantes; destacad constantemente en la tarea cristiana, seguros de que el Señor no permitirá que sea estéril vuestro afán.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: universalidad de la salvación

El realismo cristiano ve los  abismos del pecado, pero lo hace a la luz de la esperanza, más grande de todo  mal, donada por la acción redentora de Jesucristo, que ha destruido el pecado y  la muerte (cf. Rm 5,18-21; 1 Co 15,56-57): « En Él, Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo ». Cristo, imagen de Dios (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15), es Aquel que  ilumina plenamente y lleva a cumplimiento la imagen y semejanza de Dios en el  hombre. La Palabra que se hizo hombre en Jesucristo es desde siempre la vida y  la luz del hombre, luz que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,4.9). Dios  quiere en el único mediador, Jesucristo su Hijo, la salvación de todos los  hombres (cf. 1 Tm 2,4-5). Jesús es al mismo tiempo el Hijo de Dios y el  nuevo Adán, es decir, el hombre nuevo (cf. 1 Co 15, 47-49; Rm 5,14): « Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y  de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la  sublimidad de su vocación ». En Él, Dios nos « predestinó a  reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos  hermanos » (Rm 8,29) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 121).

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