Evangelio según san Juan

Prólogo teológico (Juan 1, 1-18)

1En el principio ya existía la Palabra;

y la Palabra estaba junto a Dios y era Dios.

2Ya en el principio estaba junto a Dios.

3Todo fue hecho por medio de ella

y nada se hizo sin contar con ella.

Cuanto fue hecho

4era ya vida en ella,

y esa vida era luz para la humanidad;

5luz que resplandece en las tinieblas

y que las tinieblas no han podido sofocar.

 

6Vino un hombre llamado Juan, enviado por Dios.

7Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él.

8No era él la luz, sino testigo de la luz.

9La verdadera luz, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegando al mundo.

 

10En el mundo estaba [la Palabra]

y, aunque el mundo fue hecho por medio de ella,

el mundo no la reconoció.

11Vino a los suyos

y los suyos no la recibieron;

12pero a cuantos la recibieron y creyeron en ella,

les concedió el llegar a ser hijos de Dios.

13Estos son los que nacen no por generación natural,

por impulso pasional o porque el ser humano lo desee,

sino que tienen por Padre a Dios.

14Y la Palabra se encarnó

y habitó entre nosotros;

y vimos su gloria, la que le corresponde

como Hijo único del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

15Juan dio testimonio de él proclamando: "Este es aquel de quien yo dije: el que viene después de mí es superior a mí porque existía antes que yo".

 

16En efecto, de su plenitud

todos hemos recibido bendición tras bendición.

17Porque la ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad

nos vinieron por medio de Jesucristo.

18A Dios nadie lo vio jamás;

el Hijo único, que es Dios

y vive en íntima unión con el Padre,

nos lo ha dado a conocer.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La actividad humana de  enriquecimiento y de transformación del universo puede y debe manifestar las  perfecciones escondidas en él, que tienen en el Verbo increado su principio y su  modelo. Los escritos paulinos y joánicos destacan la  dimensión trinitaria de la creación y, en particular, la unión entre el  Hijo-Verbo, el « Logos », y la creación (cf. Jn 1,3; 1 Co 8,6; Col 1,15-17). Creado en Él y por medio de Él, redimido por Él, el  universo no es una masa casual, sino un « cosmos », cuyo orden el  hombre debe descubrir, secundar y llevar a cumplimiento. « En Jesucristo, el  mundo visible, creado por Dios para el hombre -el mundo que, entrando el pecado,  está sujeto a la vanidad (Rm 8,20; cf. ibíd., 8,19-22)- adquiere  nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del  Amor ».575 De esta manera, es decir, esclareciendo en progresión  ascendente, « la inescrutable riqueza de Cristo » (Ef 3,8) en la  creación, el trabajo humano se transforma en un servicio a la grandeza de Dios (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 262).

Conversación con Nicodemo (Juan 3, 1-21)

1Un miembro del partido de los fariseos, llamado Nicodemo, persona relevante entre los judíos,

2fue una noche a ver a Jesús y le dijo:

- Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los milagros que tú haces si Dios no está con él.

3Jesús le respondió:

- Pues yo te aseguro que sólo el que nazca de nuevo podrá alcanzar el reino de Dios.

4Nicodemo repuso:

- ¿Cómo es posible que alguien ya viejo vuelva a nacer? ¿Acaso puede volver a entrar en el seno materno para nacer de nuevo?

5Jesús le contestó:

- Te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu.

6Lo que nace de la carne es carnal; lo que nace del Espíritu es espiritual.

7No te cause, pues, tanta sorpresa si te he dicho que debéis nacer de nuevo.

8El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu.

9Nicodemo preguntó:

- ¿Cómo puede ser eso?

10Jesús le respondió:

- ¡Cómo! ¿Tú eres maestro en Israel e ignoras estas cosas?

11Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto; con todo, vosotros rechazáis nuestro testimonio.

12Si os hablo de cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo me creeréis cuando os hable de las cosas del cielo?

13Nadie ha subido al cielo, excepto el que bajó de allí, es decir, el Hijo del hombre.

14Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto,

15para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

16Tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino tenga vida eterna.

17Pues no envió Dios a su Hijo para dictar sentencia de condenación contra el mundo, sino para que por medio de él se salve el mundo.

18El que cree en el Hijo no será condenado; en cambio, el que no cree en él, ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

19La causa de esta condenación está en que, habiendo venido la luz al mundo, los seres humanos prefirieron las tinieblas a la luz, pues su conducta era mala.

20En efecto, todos los que se comportan mal, detestan y rehuyen la luz, por miedo a que su conducta quede al descubierto.

21En cambio, los que actúan conforme a la verdad buscan la luz para que aparezca con toda claridad que es Dios quien inspira sus acciones.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La Iglesia se pone  concretamente al servicio del Reino de Dios, ante todo anunciando y comunicando  el Evangelio de la salvación y constituyendo nuevas comunidades cristianas.  Además, « sirve al Reino difundiendo en el mundo los "valores evangélicos", que  son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres a escoger el designio de Dios.  Es verdad, pues, que la realidad incipiente del Reino puede hallarse también  fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta  viva los "valores evangélicos" y esté abierta a la acción del Espíritu, que  sopla donde y como quiere (cf. Jn 3,8); pero además hay que decir que  esta dimensión temporal del Reino es incompleta si no está en coordinación con  el Reino de Cristo, presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud  escatológica ». De ahí deriva, en concreto, que  la Iglesia no se confunda con la comunidad política y no esté  ligada a ningún sistema político. Efectivamente, la comunidad política y la Iglesia, en su propio campo, son independientes y autónomas, aunque ambas estén, a título diverso, « al  servicio de la vocación personal y social del hombre ». Más aún, se  puede afirmar que la distinción entre religión y política y el principio de la  libertad religiosa -que gozan de una gran importancia en el plano histórico y  cultural- constituyen una conquista específica del cristianismo (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 50).

El paralítico de Betzata (Juan 5, 1-18)

1Después de esto, Jesús subió a Jerusalén con motivo de una fiesta judía.

2Hay en Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas, un estanque conocido con el nombre hebreo de Betzata, que tiene cinco soportales.

3En estos soportales había una multitud de enfermos recostados en el suelo: ciegos, cojos y paralíticos.

5Había entre ellos un hombre que llevaba enfermo treinta y ocho años.

6Jesús, al verlo allí tendido y sabiendo que llevaba tanto tiempo, le preguntó:

- ¿Quieres curarte?

7El enfermo le contestó:

- Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque una vez que el agua ha sido agitada. Cuando llego, ya otro se me ha adelantado.

8Entonces Jesús le ordenó:

- Levántate, recoge tu camilla y vete.

9En aquel mismo instante, el enfermo quedó curado, recogió su camilla y comenzó a andar. Pero aquel día era sábado.

10Así que los judíos dijeron al que había sido curado:

- Hoy es sábado y está prohibido que cargues con tu camilla.

11Él respondió:

- El que me curó me dijo que recogiera mi camilla y me fuera.

12Ellos le preguntaron:

- ¿Quién es ese hombre que te dijo que recogieras tu camilla y te fueras?

13Pero el que había sido curado no lo sabía, pues Jesús había desaparecido entre la muchedumbre allí reunida.

14Poco después, Jesús se encontró con él en el Templo y le dijo:

- Ya ves que has sido curado; no vuelvas a pecar para que no te suceda algo peor.

15Se marchó aquel hombre e hizo saber a los judíos que era Jesús quien lo había curado.

16Y como Jesús no se privaba de hacer tales cosas en sábado, los judíos no dejaban de perseguirlo.

17Pero él les replicaba diciendo:

- Mi Padre no cesa nunca de trabajar, y lo mismo hago yo.

18Esta afirmación provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino que además decía que Dios era su propio Padre, haciéndose así igual a Dios.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

En su predicación, Jesús  enseña a apreciar el trabajo. Él mismo « se hizo  semejante a nosotros en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida  terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero », en el taller de José (cf. Mt 13,55; Mc 6,3), al cual estaba  sometido (cf. Lc 2,51). Jesús condena el comportamiento del siervo  perezoso, que esconde bajo tierra el talento (cf. Mt 25,14-30) y alaba al  siervo fiel y prudente a quien el patrón encuentra realizando las tareas que se  le han confiado (cf. Mt 24,46). Él describe su misma misión como un  trabajar: « Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo » (Jn 5,17); y a sus discípulos como obreros en la mies del Señor, que  representa a la humanidad por evangelizar (cf. Mt 9,37-38). Para estos  obreros vale el principio general según el cual « el obrero tiene derecho a su  salario » (Lc 10,7); están autorizados a hospedarse en las casas donde  los reciban, a comer y beber lo que les ofrezcan (cf. ibídem) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 259).

Jesús camina sobre el agua (Juan 6, 16-21)

16A la caída de la tarde, los discípulos de Jesús bajaron al lago,

17subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya de noche y Jesús aún no los había alcanzado.

18De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago.

19Habrían remado unos cinco o seis kilómetros, cuando vieron a Jesús que caminaba sobre el lago y se acercaba a la barca. Les entró mucho miedo,

20pero Jesús les dijo:

- Soy yo. No tengáis miedo.

21Entonces quisieron subirlo a bordo, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La caridad presupone y  trasciende la justicia: esta última « ha de  complementarse con la caridad ». Si la justicia es « de por sí  apta para servir de "árbitro" entre los hombres en la recíproca repartición de  los bienes objetivos según una medida adecuada, el amor en cambio, y solamente  el amor (también ese amor benigno que llamamos "misericordia"), es capaz de  restituir el hombre a sí mismo ».

No se pueden regular las relaciones humanas únicamente con la  medida de la justicia: « La experiencia del pasado y  nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que,  más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma... Ha sido  ni más ni menos la experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a  formular esta aserción: summum ius, summa iniuria ».La  justicia, en efecto, « en todas las esferas de las relaciones interhumanas, debe  experimentar, por decirlo así, una notable "corrección" por parte del  amor que -como proclama San Pablo- "es paciente" y "benigno", o dicho en otras  palabras, lleva en sí los caracteres del amor misericordioso, tan  esenciales al evangelio y al cristianismo » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 453).

 

Jesús, el buen pastor (Juan 10, 7-21)

7Entonces Jesús les dijo:

- Os aseguro que yo soy la puerta del aprisco.

8Todos los que se presentaron antes de mí eran ladrones y salteadores. Por eso, las ovejas no les hicieron ningún caso.

9Yo soy la puerta verdadera. Todo el que entre en el aprisco por esta puerta, estará a salvo; entrará y saldrá libremente y siempre encontrará su pasto.

10El ladrón sólo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante.

11Yo soy el buen pastor. El buen pastor se desvive por las ovejas.

12En cambio, el asalariado, que no es verdadero pastor ni propietario de las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y huye, dejando que el lobo haga estragos en unas y ahuyente a las otras.

13Y es que, al ser asalariado, las ovejas lo traen sin cuidado.

14Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí,

15del mismo modo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y doy mi vida por las ovejas.

16Tengo todavía otras ovejas que no están en este aprisco a las que también debo atraer; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño bajo la guía de un solo pastor.

17El Padre me ama porque yo entrego mi vida, aunque la recuperaré de nuevo.

18Nadie me la quita por la fuerza; soy yo quien libremente la doy. Tengo poder para darla y para volver a recuperarla; y esta es la misión que debo cumplir por encargo de mi Padre.

19Estas palabras de Jesús fueron la causa de una nueva división de opiniones entre los judíos.

20Muchos decían:

- Está poseído de un demonio y ha perdido el juicio; ¿por qué le prestáis atención?

21Otros, en cambio, replicaban:

- Sus palabras no son precisamente las de un endemoniado. ¿Podría un demonio dar la vista a los ciegos?

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La Iglesia, pueblo peregrino, se  adentra en el tercer milenio de la era cristiana guiada por Cristo, el « gran  Pastor » (Hb 13,20): Él es la Puerta Santa (cf. Jn 10,9) que hemos cruzado durante el Gran Jubileo del año 2000. Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6): contemplando  el Rostro del Señor, confirmamos nuestra fe y nuestra esperanza en Él, único  Salvador y fin de la historia.

La Iglesia sigue interpelando a todos los pueblos y a todas las  Naciones, porque sólo en el nombre de Cristo se da al hombre la salvación.  La salvación que nos ha ganado el Señor Jesús, y por la que ha pagado un alto  precio (cf. 1 Co 6,20; 1 P 1,18-19), se realiza en la vida nueva  que los justos alcanzarán después de la muerte, pero atañe también a este mundo,  en los ámbitos de la economía y del trabajo, de la técnica y de la comunicación,  de la sociedad y de la política, de la comunidad internacional y de las  relaciones entre las culturas y los pueblos: « Jesús vino a traer la salvación  integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los  admirables horizontes de la filiación divina » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 1).

 

Unción de Jesús en Betania (Juan 12, 1-8)

1Seis días antes de la Pascua llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, el mismo a quien había resucitado de entre los muertos.

2Ofrecieron allí una cena en honor de Jesús. Marta servía la mesa y Lázaro era uno de los comensales.

3María tomó un frasco de perfume muy caro -casi medio litro de nardo puro- y lo derramó sobre los pies de Jesús; después los secó con sus cabellos. La casa entera se llenó de la fragancia de aquel perfume.

4Entonces Judas Iscariote, el discípulo que iba a traicionar a Jesús, se quejó diciendo:

5- Ese perfume ha debido costar el equivalente al jornal de todo un año. ¿Por qué no se ha vendido y se ha repartido el importe entre los pobres?

6En realidad, a él los pobres lo traían sin cuidado; dijo esto porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que depositaban en ella.

7Jesús le dijo:

- ¡Déjala en paz! Esto lo tenía guardado con miras a mi sepultura.

8Además, a los pobres los tendréis siempre con vosotros; a mí en cambio, no siempre me tendréis.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La miseria humana es el signo  evidente de la condición de debilidad del hombre y de su necesidad de salvación. De ella se compadeció Cristo Salvador, que se identificó con sus « hermanos más  pequeños » (Mt 25,40.45). « Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo  que hayan hecho por los pobres. La buena nueva "anunciada a los pobres" (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo ».

Jesús dice: « Pobres tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis  siempre » (Mt 26,11; cf. Mc 14,3-9; Jn 12,1-8) no para  contraponer al servicio de los pobres la atención dirigida a Él. El realismo  cristiano, mientras por una parte aprecia los esfuerzos laudables que se  realizan para erradicar la pobreza, por otra parte pone en guardia frente a  posiciones ideológicas y mesianismos que alimentan la ilusión de que se pueda  eliminar totalmente de este mundo el problema de la pobreza. Esto sucederá sólo  a su regreso, cuando Él estará de nuevo con nosotros para siempre. Mientras  tanto, los pobres quedan confiados a nosotros y en base a esta  responsabilidad seremos juzgados al final (cf. Mt 25,31-46): «  Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer  las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 183).

 

Unos griegos quieren ver a Jesús (Juan 12, 20-26)

20Entre los que habían llegado a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión de la fiesta, se encontraban algunos griegos.

21Estos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron:

- Señor, quisiéramos ver a Jesús.

22Felipe se lo dijo a Andrés, y los dos juntos se lo notificaron a Jesús.

23Jesús les dijo:

- Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.

24Os aseguro que si un grano de trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un único grano. Pero si muere, producirá fruto abundante.

25Quien vive preocupado solamente por su vida, terminará por perderla; en cambio, quien no se apegue a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna.

26Si alguien quiere servirme, que me siga. Correrá la misma suerte que yo. Y todo el que me sirva será honrado por mi Padre.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

Cuando en ámbitos y realidades  que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones  legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el  Magisterio enseña que « la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie  favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la  aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o  contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral ».

En  el caso que no haya sido posible evitar la puesta en práctica de tales programas  políticos, o impedir o abrogar tales leyes, el Magisterio enseña que un  parlamentario, cuya oposición personal a las mismas sea absoluta, clara, y de  todos conocida, podría lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de dichas leyes y programas, y a disminuir sus efectos  negativos en el campo de la cultura y de la moralidad pública. Es emblemático al  respecto, el caso de una ley abortista. Su voto, en todo caso, no  puede ser interpretado como adhesión a una ley inicua, sino sólo como una  contribución para reducir las consecuencias negativas de una resolución  legislativa, cuya total responsabilidad recae sobre quien la ha procurado.

Téngase presente que, en las múltiples situaciones en las que  están en juego exigencias morales fundamentales e irrenunciables, el testimonio  cristiano debe ser considerado como un deber fundamental que puede llegar  incluso al sacrificio de la vida, al martirio, en nombre de la caridad y de la  dignidad humana. La historia de veinte  siglos, incluida la del último, está valiosamente poblada de mártires de la  verdad cristiana, testigos de fe, de esperanza y de caridad evangélicas. El  martirio es el testimonio de la propia conformación personal con Cristo  Crucificado, cuya expresión llega hasta la forma suprema del derramamiento de la  propia sangre, según la enseñanza evangélica: « Si el grano de trigo no cae en  tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto » (Jn 12,24) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 570).

 

Jesús lava los pies a sus discípulos (Juan 13, 1-20)

1Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin.

2Se habían puesto a cenar y el diablo había metido ya en la cabeza de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de traicionar a Jesús.

3Con plena conciencia de haber venido de Dios y de que ahora volvía a él, y perfecto conocedor de la plena autoridad que el Padre le había dado,

4Jesús interrumpió la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura.

5Después echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.

6Cuando le llegó la vez a Simón Pedro, este le dijo:

- Señor, ¿vas a lavarme los pies tú a mí?

7Jesús le contestó:

- Lo que estoy haciendo, no puedes comprenderlo ahora; llegará el tiempo en que lo entiendas.

8Pedro insistió:

- Jamás permitiré que me laves los pies.

Jesús le respondió:

- Si no me dejas que te lave, no podrás seguir contándote entre los míos.

9Le dijo entonces Simón Pedro:

- Señor, no sólo los pies; lávame también las manos y la cabeza.

10Pero Jesús le replicó:

- El que se ha bañado y está completamente limpio, sólo necesita lavarse los pies*. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.

11Jesús sabía muy bien quién iba a traicionarlo; por eso añadió: "No todos estáis limpios."

12Una vez que terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a sentarse a la mesa y les preguntó:

- ¿Comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros?

13Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy.

14Pues bien, si yo, vuestro Maestro y Señor, os he lavado los pies, lo mismo debéis hacer vosotros unos con otros.

15Os he dado ejemplo para que os portéis como yo me he portado con vosotros.

16Os aseguro que el siervo no puede ser mayor que su amo; ni el enviado, superior a quien lo envió.

17Si comprendéis estas cosas y las ponéis en práctica seréis dichosos.

18No me refiero ahora a todos vosotros; yo sé muy bien a quiénes he elegido. Pero debe cumplirse la Escritura: El que comparte el pan conmigo*se ha vuelto contra mí.

19Os digo estas cosas ahora, antes que sucedan, para que, cuando sucedan, creáis que "yo soy".

20Os aseguro que todo el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí mismo, y al recibirme a mí, recibe al que me envió.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

El principio del destino  universal de los bienes, naturalmente, se aplica también al agua, considerada en  la Sagrada Escritura símbolo de purificación (cf. Sal 51,4; Jn 13,8) y de vida (cf. Jn 3,5; Ga 3,27): « Como don de Dios, el agua es instrumento vital, imprescindible para la  supervivencia y, por tanto, un derecho de todos ». La utilización  del agua y de los servicios a ella vinculados debe estar orientada a satisfacer  las necesidades de todos y sobre todo de las personas que viven en la pobreza.  El acceso limitado al agua potable repercute sobre el bienestar de un número  enorme de personas y es con frecuencia causa de enfermedades, sufrimientos,  conflictos, pobreza e incluso de muerte: para resolver adecuadamente esta  cuestión, « se debe enfocar de forma que se establezcan criterios morales  basados precisamente en el valor de la vida y en el respeto de los derechos  humanos y de la dignidad de todos los seres humanos » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 484).

El mandamiento nuevo (Juan 13, 31-35)

31Apenas salió Judas, dijo Jesús:

- Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios va a ser glorificado en él.

32Y si Dios va a ser glorificado en él, Dios, a su vez, glorificará al Hijo del hombre. Y va a hacerlo muy pronto.

33Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo. Me buscaréis, pero os digo lo mismo que ya dije a los judíos: a donde yo voy vosotros no podéis venir.

34Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros.

35Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

Contemplando la gratuidad y la  sobreabundancia del don divino del Hijo por parte del Padre, que Jesús ha  enseñado y atestiguado ofreciendo su vida por nosotros, el Apóstol Juan capta el  sentido profundo y la consecuencia más lógica de esta ofrenda:  « Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos  unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios  permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud » (1 Jn 4,11-12). La reciprocidad del amor es exigida por el mandamiento que Jesús  define nuevo y suyo: « como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos  a los otros » (Jn 13,34). El mandamiento del amor recíproco traza el  camino para vivir en Cristo la vida trinitaria en la Iglesia, Cuerpo de Cristo,  y transformar con Él la historia hasta su plenitud en la Jerusalén celeste (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 32).

Jesús, camino, verdad y vida (Juan 14, 1-14)

1No estéis angustiados. Confiad en Dios y confiad también en mí.

2En la casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos ese lugar.

3Una vez que me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde esté yo.

4Y ya sabéis el camino para ir a donde yo voy.

5Tomás replicó:

- Pero, Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?

6Jesús le dijo:

- Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí.

7Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre, a quien en realidad ya desde ahora conocéis y habéis visto.

8Entonces intervino Felipe:

- Señor, muéstranos al Padre; con eso nos conformamos.

9Jesús le contestó:

- Llevo tanto tiempo viviendo con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre. Y si es así, ¿cómo me pides que os muestre al Padre?

10¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os he enseñado no ha sido por mi propia cuenta. Es el Padre quien realiza sus obras viviendo en mí.

11Debéis creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Dad crédito, al menos, a las obras que hago.

12Os aseguro que el que crea en mí hará también lo que yo hago, e incluso cosas mayores. Porque yo me voy al Padre

13y todo lo que pidáis en mi nombre os lo concederé, para que en el Hijo se manifieste la gloria del Padre.

14Lo que pidáis en mi nombre, yo os lo concederé.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

Un campo particular de  compromiso de los fieles laicos debe ser la promoción de una cultura social y  política inspirada en el Evangelio. La historia  reciente ha mostrado la debilidad y el fracaso radical de algunas perspectivas  culturales ampliamente compartidas y dominantes durante largo tiempo, en  especial a nivel político y social. En este ámbito, especialmente en los  decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los católicos, en diversos  países, han sabido desarrollar un elevado compromiso, que da testimonio, hoy con  evidencia cada vez mayor, de la consistencia de su inspiración y de su  patrimonio de valores. El compromiso social y político de los católicos, en  efecto, nunca se ha limitado a la mera transformación de las estructuras, porque  está impulsado en su base por una cultura que acoge y da razón de las instancias  que derivan de la fe y de la moral, colocándolas como fundamento y objetivo de  proyectos concretos. Cuando esta conciencia falta, los mismos católicos se  condenan a la dispersión cultural, empobreciendo y limitando sus propuestas.  Presentar en términos culturales actualizados el patrimonio de la Tradición  católica, sus valores, sus contenidos, toda la herencia espiritual, intelectual  y moral del catolicismo, es también hoy la urgencia prioritaria. La fe en  Jesucristo, que se definió a sí mismo « el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14,6), impulsa a los cristianos a cimentarse con empeño siempre renovado en  la construcción de una cultura social y política inspirada en el Evangelio (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 555).

La promesa del Espíritu (Juan 14, 15-31)

15Si me amáis, cumpliréis mis mandamientos;

16yo, por mi parte, rogaré al Padre para que os envíe otro Abogado que esté siempre con vosotros:

17el Espíritu de la verdad a quien los que son del mundo no pueden recibir porque no lo ven ni lo conocen; vosotros, en cambio, sí lo conocéis, porque vive en vosotros y está en medio de vosotros.

18No os dejaré huérfanos; volveré a estar con vosotros.

19Los que son del mundo dejarán de verme dentro de poco; pero vosotros seguiréis viéndome, porque la vida que yo tengo la tendréis también vosotros.

20Cuando llegue aquel día, comprenderéis que yo estoy en mi Padre; vosotros en mí y yo en vosotros.

21El que acepta mis mandamientos y los cumple, es el que me ama de verdad; y el que me ama será amado por mi Padre, y también yo lo amaré y me manifestaré a él.

22Judas, no el Iscariote, sino el otro, le preguntó:

- Señor, ¿cuál es la razón de manifestarte sólo a nosotros y no a los que son del mundo?

23Jesús le contestó:

- El que me ama de verdad se mantendrá fiel a mi mensaje; mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada.

24Por el contrario, el que no me ama no se mantiene fiel a mi mensaje. Y este mensaje que os transmito no es mío; es del Padre que me envió.

25Os he dicho todo esto durante el tiempo de mi permanencia entre vosotros.

26Pero el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis cuanto yo os he enseñado y os lo explicará todo.

27Os dejo la paz, mi paz os doy. Una paz que no es la que el mundo da. No viváis angustiados ni tengáis miedo.

28Ya habéis oído lo que os he dicho: "Me voy, pero volveré a estar con vosotros". Si de verdad me amáis, debéis alegraros de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo.

29Os lo he dicho ahora, por adelantado, para que, cuando suceda, no dudéis en creer.

30Ya no hablaré mucho con vosotros, porque se acerca el que tiraniza a este mundo. Cierto que no tiene ningún poder sobre mí;

31pero tiene que ser así para demostrar al mundo que yo amo al Padre y que cumplo fielmente la misión que me encomendó. Levantaos. Vámonos de aquí.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La Iglesia tiene el derecho de  ser para el hombre maestra de la verdad de fe; no sólo de la verdad del dogma,  sino también de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del  Evangelio. El anuncio del Evangelio, en  efecto, no es sólo para escucharlo, sino también para ponerlo en práctica (cf. Mt 7,24; Lc 6,46-47; Jn 14,21.23-24; St 1,22): la  coherencia del comportamiento manifiesta la adhesión del creyente y no se  circunscribe al ámbito estrictamente eclesial y espiritual, puesto que abarca al  hombre en toda su vida y según todas sus responsabilidades. Aunque sean  seculares, éstas tienen como sujeto al hombre, es decir, a aquel que Dios llama,  mediante la Iglesia, a participar de su don salvífico.

Al  don de la salvación, el hombre debe corresponder no sólo con una adhesión  parcial, abstracta o de palabra, sino con toda su vida, según todas las  relaciones que la connotan, en modo de no abandonar nada a un ámbito profano y  mundano, irrelevante o extraño a la salvación. Por esto la doctrina social no es  para la Iglesia un privilegio, una digresión, una ventaja o una injerencia: es su derecho a evangelizar el ámbito social, es decir, a hacer resonar la  palabra liberadora del Evangelio en el complejo mundo de la producción, del  trabajo, de la empresa, de la finanza, del comercio, de la política, de la  jurisprudencia, de la cultura, de las comunicaciones sociales, en el que el  hombre vive (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 70).

 

Los auténticos discípulos (Juan 15, 9-17)

9Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor.

10Pero sólo permaneceréis en mi amor si cumplís mis mandamientos, lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

11Os he dicho esto para que participéis en mi alegría y vuestra alegría sea completa.

12Mi mandamiento es este: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.

13El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos.

14Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

15En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no está al tanto de los secretos de su amo. A vosotros os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre.

16No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que os pongáis en camino y deis fruto abundante y duradero. Así, el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre.

17Lo que yo os mando es que os améis los unos a los otros.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La salvación que Dios ofrece a  sus hijos requiere su libre respuesta y adhesión. En  eso consiste la fe, por la cual « el hombre se entrega entera y libremente a  Dios », respondiendo al Amor precedente y sobreabundante de Dios (cf. 1 Jn 4,10) con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza, «  pues fiel es el autor de la Promesa » (Hb 10,23). El plan divino de  salvación no coloca a la criatura humana en un estado de mera pasividad o de  minoría de edad respecto a su Creador, porque la relación con Dios, que  Jesucristo nos manifiesta y en la cual nos introduce gratuitamente por obra del  Espíritu Santo, es una relación de filiación: la misma que Jesús vive con  respecto al Padre (cf. Jn 15-17; Ga 4,6-7) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 39).

La acción del Espíritu (Juan 16, 4-15)

4bAl principio no quise deciros nada de esto, porque estaba yo con vosotros.

5Pero ahora que vuelvo al que me envió, ¿por qué ninguno de vosotros me pregunta: "a dónde vas"?

6Eso sí, al anunciaros estas cosas, la tristeza se ha apoderado de vosotros.

7Sin embargo, la verdad es que os conviene que yo me vaya. Porque si yo no me voy, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me voy, os lo enviaré.

8Cuando él venga demostrará a los que son del mundo dónde hay pecado, dónde un camino hacia la salvación y dónde una condena.

9El pecado está en que ellos no creen en mí;

10el camino hacia la salvación está en que yo me voy al Padre y ya no me veréis;

11y la condena está en que el que tiraniza a este mundo ya ha sido condenado.

12Tendría que deciros muchas cosas más, pero no podríais entenderlas ahora.

13Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará para que podáis entender la verdad completa. No hablará por su propia cuenta, sino que dirá únicamente lo que ha oído y os anunciará las cosas que han de suceder.

14Él me honrará a mí, porque todo lo que os dé a conocer lo recibirá de mí.

15Todo lo que el Padre tiene es también mío; por eso os he dicho que "todo lo que el Espíritu os dé a conocer, lo recibirá de mí".

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

El amor que anima el ministerio  de Jesús entre los hombres es el que el Hijo experimenta en la unión íntima con  el Padre. El Nuevo Testamento nos permite penetrar en  la experiencia que Jesús mismo vive y comunica del amor de Dios su Padre -Abbá-  y, por tanto, en el corazón mismo de la vida divina. Jesús anuncia la  misericordia liberadora de Dios en relación con aquellos que encuentra en su  camino, comenzando por los pobres, los marginados, los pecadores, e invita a  seguirlo porque Él es el primero que, de modo totalmente único, obedece al  designio de amor de Dios como su enviado en el mundo.

La  conciencia que Jesús tiene de ser el Hijo expresa precisamente esta experiencia  originaria. El Hijo ha recibido todo, y gratuitamente, del Padre: « Todo lo que  tiene el Padre es mío » (Jn 16,15); Él, a su vez, tiene la misión de  hacer partícipes de este don y de esta relación filial a todos los hombres: « No  os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os  he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer  » (Jn 15,15).

Reconocer el amor del Padre significa para Jesús inspirar su  acción en la misma gratuidad y misericordia de Dios, generadoras de vida nueva,  y convertirse así, con su misma existencia, en ejemplo y modelo para sus  discípulos. Estos están llamados a vivir como Él y, después de su Pascua de muerte y resurrección, a vivir en Él y de  Él, gracias al don sobreabundante del Espíritu Santo, el Consolador que  interioriza en los corazones el estilo de vida de Cristo mismo (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 29).

 

Plegaria de Jesús por los suyos (Juan 17, 1-16)

1Después de decir todo esto, Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó:

- Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti.

2Tú le has dado autoridad sobre todas las criaturas; que él dé ahora vida eterna a todos los que tú le has confiado.

3Y la vida eterna consiste en que te reconozcan a ti como único Dios verdadero, y a Jesucristo como tu enviado.

4Yo he manifestado tu gloria aquí, en este mundo, llevando a cabo la obra que me encomendaste.

5Ahora, pues, Padre, hónrame en tu presencia con aquella gloria que ya compartía contigo antes que el mundo existiera.

6Te he dado a conocer a quienes me confiaste sacándolos del mundo. Eran tuyos; tú me los confiaste, y han obedecido tu mensaje.

7Ahora han comprendido que todo lo que me confiaste es tuyo;

8yo les he entregado la enseñanza que tú me entregaste y la han recibido. Saben, además, con absoluta certeza que yo he venido de ti y han creído que fuiste tú quien me enviaste.

9Yo te ruego por ellos. No te ruego por los del mundo, sino por los que tú me confiaste, ya que son tuyos.

10Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos resplandece mi gloria.

11Desde ahora, ya no estaré en el mundo; pero ellos se quedan en el mundo, mientras que yo voy a ti. Protege con tu poder, Padre santo, a los que me has confiado, para que vivan unidos, como vivimos unidos nosotros.

12Mientras estaba con ellos en el mundo, yo mismo cuidaba con tu poder a los que me confiaste. Los guardé de tal manera, que ninguno de ellos se ha perdido, fuera del que tenía que perderse en cumplimiento de la Escritura.

13Ahora voy a ti y digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo para que ellos puedan compartir plenamente mi alegría.

14Yo les he confiado tu mensaje, pero el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo.

15No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal.

16Como yo no pertenezco al mundo, tampoco ellos pertenecen al mundo.

17Haz que se consagren a ti por medio de la verdad; tu mensaje es la verdad.

18Yo los he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí.

19Por ellos yo me consagro para que también ellos sean consagrados por medio de la verdad.

20Y no te ruego sólo por ellos; te ruego también por todos los que han de creer en mí por medio de su mensaje.

21Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado.

22Yo les he comunicado la gloria con que tú me has glorificado, de manera que sean uno, como lo somos nosotros.

23Como tú vives en mí, vivo yo en ellos para que alcancen la unión perfecta y así el mundo reconozca que tú me has enviado y que los amas a ellos como me amas a mí.

24Es mi deseo, Padre, que todos estos que tú me has confiado estén conmigo y contemplen mi gloria, la que me diste antes de que el mundo existiese.

25Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo te conozco, y todos estos han llegado a conocer que tú me has enviado.

26Les he dado a conocer quién eres, y continuaré dándoselo a conocer, para que el amor que tú me tienes se manifieste en ellos y yo mismo viva en ellos.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La realidad nueva que  Jesucristo ofrece no se injerta en la naturaleza humana, no se le añade desde  fuera; por el contrario, es aquella realidad de comunión con el Dios trinitario  hacia la que los hombres están desde siempre orientados en lo profundo de su  ser, gracias a su semejanza creatural con Dios; pero  se trata también de una realidad que los hombres no pueden alcanzar con sus  solas fuerzas. Mediante el Espíritu de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, en el  cual esta realidad de comunión ha sido ya realizada de manera singular, los  hombres son acogidos como hijos de Dios (cf. Rm 8,14-17; Ga 4,4-7). Por medio de Cristo, participamos de la naturaleza Dios, que nos dona  infinitamente más « de lo que podemos pedir o pensar » (Ef 3,20). Lo que  los hombres ya han recibido no es sino una prueba o una « prenda » (2 Co 1,22; Ef 1,14) de lo que obtendrán completamente sólo en la presencia de  Dios, visto « cara a cara » (1 Co 13,12), es decir, una prenda de la vida  eterna: « Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,  y a tu enviado, Jesucristo » (Jn 17,3) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 122).

Jesús se aparece a los discípulos (Juan 20, 19-23)

19Aquel mismo primer día de la semana, al anochecer, estaban reunidos los discípulos en una casa, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:

- La paz esté con vosotros.

20Dicho lo cual les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

21Jesús volvió a decirles:

- La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros.

22Sopló entonces sobre ellos y les dijo:

- Recibid el Espíritu Santo.

23A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia

La promesa de paz, que recorre  todo el Antiguo Testamento, halla su cumplimiento en la Persona de Jesús.  La paz es el bien mesiánico por excelencia, que engloba todos los demás bienes  salvíficos. La palabra hebrea « shalom », en el sentido etimológico de « entereza », expresa el concepto de « paz » en la plenitud de su  significado (cf. Is 9,5s.; Mi 5,1-4). El reino del Mesías es  precisamente el reino de la paz (cf. Jb 25,2; Sal 29,11; 37,11;  72,3.7; 85,9.11; 119,165; 125,5; 128,6; 147,14; Ct 8,10; Is 26,3.12; 32,17s; 52,7; 54,10; 57,19; 60,17; 66,12; Ag 2,9; Zc 9,10 et alibi). Jesús « es nuestra paz » (Ef 2,14), Él ha derribado el  muro de la enemistad entre los hombres, reconciliándoles con Dios (cf. Ef 2,14-16). De este modo, San Pablo, con eficaz sencillez, indica la razón  fundamental que impulsa a los cristianos hacia una vida y una misión de paz.

La  vigilia de su muerte, Jesús habla de su relación de amor con el Padre y de la  fuerza unificadora que este amor irradia sobre sus discípulos; es un discurso de  despedida que muestra el sentido profundo de su vida y que puede considerarse  una síntesis de toda su enseñanza. El don de la paz sella su testamento  espiritual: « Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo »  (Jn 14,27). Las palabras del Resucitado no suenan diferentes; cada vez  que se encuentra con sus discípulos, estos reciben de Él su saludo y el don de  la paz: « La paz con vosotros » (Lc 24,36; Jn 20,19.21.26) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 491).

 

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