Romanos

Saludo (1, 1-7)

1Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido por Dios para ser apóstol y destinado a proclamar la buena noticia,

2que Dios mismo había prometido en las Escrituras santas por medio de los profetas.

3La buena noticia acerca de su Hijo, descendiente, en cuanto hombre, de David

4y manifestado, en virtud de su resurrección de entre los muertos, como Hijo poderoso de Dios por la fuerza del Espíritu divino. Me refiero a Jesucristo, Señor nuestro,

5de quien he recibido, para gloria de su nombre, el don de ser apóstol, a fin de que todas las naciones respondan a la fe.

6Entre ellas os contáis vosotros, elegidos para pertenecer a Jesucristo.

7A todos los que residís en Roma y habéis sido elegidos por Dios con amor para formar parte de su pueblo, os deseo gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: promoción de la paz

La paz de Cristo es, ante  todo, la reconciliación con el Padre, que se realiza mediante la misión  apostólica confiada por Jesús a sus discípulos y que comienza con un anuncio de  paz: « En la casa en que entréis, decid primero: "Paz  a esta casa" » (Lc 10,5-6; cf. Rm 1,7). La paz es además  reconciliación con los hermanos, porque Jesús, en la oración que nos enseñó,  el « Padre nuestro », asocia el perdón pedido a Dios con el que damos a los  hermanos: « Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a  nuestros deudores » (Mt 6,12). Con esta doble reconciliación, el  cristiano puede convertirse en artífice de paz y, por tanto, partícipe del Reino  de Dios, según lo que Jesús mismo proclama: « Bienaventurados los que trabajan  por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios » (Mt 5,9) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 492).

El justo juicio de Dios (2, 1-16)

1Por eso, tú, quienquiera que seas, no tienes excusa cuando te eriges en juez de los demás. Al juzgar a otro, tú mismo te condenas, pues te eriges en juez no siendo mejor que los demás.

2Es sabido que el juicio de Dios cae con rigor sobre quienes así se comportan.

3Y tú que condenas a quienes actúan así, pero te portas igual que ellos, ¿te imaginas que vas a librarte del castigo de Dios?

4¿Te es, acaso, indiferente la inagotable bondad, paciencia y generosidad de Dios, y no te das cuenta de que es precisamente esa bondad la que está impulsándote a cambiar de conducta?

5Eres de corazón terco y obstinado, con lo que estás amontonando castigos sobre ti para aquel día de castigo, cuando Dios se manifieste como justo juez

6y pague a cada uno según su merecido:

7a los que buscan la gloria, el honor y la inmortalidad mediante la práctica constante del bien, les dará vida eterna;

8en cambio, a los contumaces en rechazar la verdad y adherirse a la injusticia les corresponde un implacable castigo.

9Habrá angustia y sufrimiento para cuantos hacen el mal: para los judíos, desde luego; pero también para los no judíos.

10Gloria, honor y paz, en cambio, para los que hacen el bien, tanto si son judíos como si no lo son.

11Porque en Dios no caben favoritismos.

12Quienes han pecado sin estar bajo la ley, perecerán sin necesidad de recurrir a la ley; y quienes hayan pecado estando bajo la ley, por ella serán juzgados.

13Porque no basta escuchar la ley para que Dios nos restablezca en su amistad; es necesario cumplirla.

14Y es que si los paganos, que no tienen ley, actúan de acuerdo con ella movidos de la natural inclinación, aunque parezca que no tienen ley, ellos mismos son su propia ley.

15La llevan escrita en el corazón, como lo demuestra el testimonio de su conciencia y sus propios pensamientos, que unas veces los acusan y otras los defienden.

16Esto es lo que se manifestará el día en que, conforme al mensaje que yo anuncio, juzgue Dios por medio de Jesucristo lo que los seres humanos mantienen oculto.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: Iglesia, Reino de Dios y renovación de las relaciones sociales

La transformación de las  relaciones sociales, según las exigencias del Reino de Dios, no está establecida  de una vez por todas, en sus determinaciones concretas. Se trata, más bien, de  una tarea confiada a la comunidad cristiana, que la debe elaborar y realizar a  través de la reflexión y la praxis inspiradas en el Evangelio.  Es el mismo Espíritu del Señor, que conduce al pueblo de Dios y a la vez llena  el universo, el que inspira, en cada momento, soluciones  nuevas y actuales a la creatividad responsable de los hombres, a la  comunidad de los cristianos inserta en el mundo y en la historia y por ello  abierta al diálogo con todas las personas de buena voluntad, en la búsqueda  común de los gérmenes de verdad y de libertad diseminados en el vasto campo de  la humanidad. La dinámica de esta renovación debe anclarse en los  principios inmutables de la ley natural, impresa por Dios Creador en todas y  cada una de sus criaturas (cf. Rm 2,14-15) e iluminada escatológicamente  por Jesucristo (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 53).

Paz con Dios por medio de Cristo (5, 1-11)

1Restablecidos, pues, en la amistad divina por medio de la fe, Jesucristo nuestro Señor nos mantiene en paz con Dios.

2Ha sido, en efecto, Cristo quien nos ha facilitado, mediante la fe, esta apertura a la gracia en la que estamos firmemente instalados a la vez que nos sentimos orgullosos abrigando la esperanza de participar en la gloria de Dios.

3Es más, hasta de las dificultades nos sentimos orgullosos, porque sabemos que la dificultad produce constancia,

4la constancia produce una virtud a toda prueba, y una virtud así es fuente de esperanza.

5Una esperanza que no decepciona, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios nos ha inundado con su amor el corazón.

6Carecíamos de fuerzas, pero Cristo murió por los culpables en el momento señalado.

7Difícil cosa es afrontar la muerte, aunque sea en favor de una persona buena; no obstante, por una buena causa, tal vez alguien estaría dispuesto a morir.

8Pues bien, Dios nos ha dado la mayor prueba de su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

9Pues ahora que, por la muerte de Cristo, Dios nos ha restablecido en su amistad, con mayor razón por el mismo Cristo nos librará del castigo.

10Y si, siendo enemigos, Dios nos reconcilió consigo mediante la muerte de su Hijo, con mayor razón, ya reconciliados, nos liberará y nos hará participar de su vida.

11Más aún: el mismo Jesucristo, Señor nuestro, artífice de la obra reconciliadora en el momento presente, hace que nos sintamos orgullosos de Dios.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: cumplimiento del designio de amor del Padre

El Rostro de Dios, revelado  progresivamente en la historia de la salvación, resplandece plenamente en el  Rostro de Jesucristo Crucificado y Resucitado. Dios es Trinidad: Padre, Hijo y  Espíritu Santo, realmente distintos y realmente uno, porque son comunión  infinita de amor. El amor gratuito de Dios por la  humanidad se revela, ante todo, como amor fontal del Padre, de quien todo  proviene; como comunicación gratuita que el Hijo hace de este amor, volviéndose  a entregar al Padre y entregándose a los hombres; como fecundidad siempre nueva  del amor divino que el Espíritu Santo infunde en el corazón de los hombres (cf. Rm 5,5).

Con las palabras y con las obras y, de forma plena y definitiva,  con su muerte y resurrección Jesucristo revela a la humanidad que Dios es Padre y que todos estamos llamados  por gracia a hacernos hijos suyos en el Espíritu (cf. Rm 8,15; Ga 4,6), y por tanto hermanos y hermanas entre nosotros. Por esta razón la  Iglesia cree firmemente « que la clave, el centro y el fin de toda la historia  humana se halla en su Señor y Maestro » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 31).

Adán y Cristo (5, 12-21)

12Fue el ser humano el que introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte. Y como todos pecaron, de todos se adueñó la muerte.

13Antes que se promulgara la ley, ya existía el pecado en el mundo, pero al no haber ley, tampoco el pecado podía ser sancionado.

14Y, sin embargo, la muerte ejerció su imperio desde Adán hasta Moisés, incluso sobre quienes no pecaron con una transgresión como la de Adán, que es figura del que había de venir.

15Por más que no hay comparación entre el delito y el don. Porque si el pecado de uno solo acarreó a todos la muerte, la gracia de Dios, es decir, el don gratuito de otro hombre, Jesucristo, se volcó mucho más abundantemente sobre todos.

16Y existe otra diferencia entre el pecado del uno y el don del otro, ya que el juicio a partir de un solo delito terminó en sentencia condenatoria, mientras que el don, a partir de muchos delitos, terminó en sentencia absolutoria.

17Si, pues, por el delito de uno, de solamente uno, la muerte implantó su reinado, con mucha mayor razón vivirán y reinarán a causa de uno solo, Jesucristo, los que han recibido con tanta abundancia el don gratuito de la amistad de Dios.

18En resumen, si el delito de uno acarreó a todos la condena, así también la fidelidad de uno es para todos fuente de salvación y de vida.

19Y si la desobediencia de uno solo hizo a todos pecadores, también la obediencia de uno solo ha recuperado para todos la amistad de Dios.

20En cuanto a la ley, únicamente sirvió para que el delito se multiplicara. Pero cuanto más se multiplicó el pecado, tanto más abundante fue la gracia.

21Así que, lo mismo que el pecado implantó el reinado de la muerte, ahora será la gracia la que reine restableciéndonos en la amistad divina y conduciéndonos a la vida eterna por medio de Jesucristo, Señor nuestro.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la persona humana, imagen de Dios

La admirable visión de la  creación del hombre por parte de Dios es inseparable del dramático cuadro del  pecado de los orígenes. Con una afirmación lapidaria  el apóstol Pablo sintetiza la narración de la caída del hombre contenida en las  primeras páginas de la Biblia: « por un solo hombre entró el pecado en el mundo  y por el pecado la muerte » (Rm 5,12). El hombre, contra la prohibición  de Dios, se deja seducir por la serpiente y extiende sus manos al árbol de la  vida, cayendo en poder de la muerte. Con este gesto el hombre intenta forzar su  límite de criatura, desafiando a Dios, su único Señor y fuente de la vida. Es un  pecado de desobediencia (cf. Rm 5,19) que separa al hombre de Dios.

Por la Revelación sabemos que Adán, el primer hombre,  transgrediendo el mandamiento de Dios, pierde la santidad y la justicia en que  había sido constituido, recibidas no sólo para sí, sino para toda la humanidad:  « cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este  pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado  caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad,  es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y  de la justicia originales » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 115).

Resucitados a una vida nueva (6, 1-14)

1¿Querrá todo esto decir que debemos seguir pecando para que se desborde la gracia?

2¡De ningún modo! Quienes hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo sometidos a él?

3¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por el bautismo, fuimos vinculados también a su muerte?

4Por el bautismo, en efecto, fuimos sepultados con Cristo, a fin de participar en su muerte. Por tanto, si Cristo venció a la muerte resucitando por el glorioso poder del Padre, es preciso que también nosotros emprendamos una vida nueva.

5Si hemos sido injertados en Cristo compartiendo una muerte como la suya, compartiremos, también su resurrección.

6Tened en cuenta que nuestra antigua condición pecadora fue clavada junto con Cristo en la cruz, para que así quedara destruido este cuerpo sometido al pecado y nosotros quedáramos liberados de su servidumbre.

7Pues cuando una persona muere, queda libre del dominio del pecado.

8Si, pues, hemos muerto con Cristo, debemos confiar en que también viviremos con él;

9sabemos, en efecto, que Cristo, al haber resucitado de entre los muertos es ya inmortal; la muerte ha perdido su dominio sobre él.

10En cuanto a la razón de su muerte, murió para liberarnos definitivamente del pecado; en lo que se refiere a su vivir, vive para Dios.

11Igualmente vosotros, considerad que habéis muerto al pecado y vivís para Dios en unión con Cristo Jesús.

12Que no siga dominándoos el pecado; aunque vuestro cuerpo sea mortal, no os sometáis a sus apetencias,

13ni os convirtáis en instrumentos del mal al servicio del pecado. Presentaos, más bien, ante Dios como lo que sois: muertos retornados a la vida, y haced de vuestros cuerpos instrumentos del bien al servicio de Dios.

14No os dejéis dominar por el pecado, ya que no estáis bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la persona humana en el designio del amor de Dios

La vida personal y social, así como el actuar humano en el mundo están siempre asechados por el pecado, pero Jesucristo, « padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus  pasos y, además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se  santifican y adquieren nuevo sentido ». El discípulo de Cristo se  adhiere, en la fe y mediante los sacramentos, al misterio pascual de Jesús, de  modo que su hombre viejo, con sus malas inclinaciones, está crucificado  con Cristo. En cuanto nueva criatura, es capaz mediante la gracia de caminar  según « una vida nueva » (Rm 6,4). Es un caminar que « vale no solamente  para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en  cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la  vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En  consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad  de que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual » (Compendio de la doctrina social, n. 41).

La vida en el Espíritu (8, 1-39)

1Ninguna condena, por tanto, pesa ya sobre los que pertenecen a Cristo Jesús,

2pues la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.

3Es decir, lo que era imposible para la ley a causa de la debilidad humana, lo llevó a cabo Dios enviando a su propio Hijo que compartió nuestra condición pecadora y, a fin de eliminar el pecado, dictó sentencia condenatoria contra el pecado a través de su naturaleza mortal.

4De esta manera nosotros, los que vivimos bajo la acción del Espíritu y no bajo el dominio de nuestros desordenados apetitos, podemos dar pleno cumplimiento a lo que manda la ley.

5Los que viven entregados a sus desordenados apetitos, se preocupan de satisfacer esos apetitos; en cambio, los que viven según el Espíritu, se preocupan de hacer lo que es propio del Espíritu.

6Ahora bien, el afán por satisfacer los apetitos desordenados conduce a la muerte; el de hacer lo que es propio del Espíritu lleva a la vida y a la paz.

7Y es que el afán por satisfacer nuestros desordenados apetitos nos hace enemigos de Dios, a cuya ley ni nos sometemos ni tenemos siquiera posibilidad de hacerlo.

8En definitiva, los que viven entregados a sus desordenados apetitos no pueden agradar a Dios.

9Pero vosotros no vivís entregados a esos apetitos, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios mora en vosotros. El que carece del Espíritu de Cristo, no pertenece a Cristo.

10Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo muera a causa del pecado, el espíritu vive en virtud de la fuerza salvadora de Dios.

11Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús infundirá nueva vida a vuestros cuerpos mortales por medio del Espíritu que ha hecho habitar en vosotros.

12Por tanto, hermanos, si con alguien estamos en deuda, no es con nuestros apetitos desordenados para comportarnos según ellos.

13Porque si os comportáis según esos apetitos, moriréis; pero si, con la ayuda del Espíritu, dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

14Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.

15En cuanto a vosotros, no habéis recibido un Espíritu que os convierta en esclavos, de nuevo bajo el régimen del miedo. Habéis recibido un Espíritu que os convierte en hijos y que nos permite exclamar: "¡Abba!", es decir, "¡Padre!" .

16Y ese mismo Espíritu es el que, uniéndose al nuestro, da testimonio de que somos hijos de Dios.

17Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que ahora compartimos sus sufrimientos para compartir también su gloria.


18Considero, por lo demás, que los sufrimientos presentes no tienen comparación con la gloria que un día se nos descubrirá.

19La creación, en efecto, espera con impaciencia que se nos descubra lo que serán los hijos de Dios.

20Sometida a la caducidad, no voluntariamente, sino porque Dios así lo dispuso, abriga la esperanza

21de compartir, libre de la servidumbre de la corrupción, la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22Y es que la creación entera está gimiendo, a una, con dolores de parto hasta el día de hoy.

23Pero no sólo ella; también nosotros, los que estamos en posesión del Espíritu como primicias del futuro, suspiramos en espera de que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo.

24Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza. Es lógico que esperar lo que uno tiene ante los ojos no es verdadera esperanza, pues ¿cómo seguir esperando lo que ya se tiene ante los ojos?

25Pero si esperamos algo que no vemos, es que aguardamos con perseverancia.

26Asimismo, a pesar de que somos débiles, el Espíritu viene en nuestra ayuda; aunque no sabemos lo que nos conviene pedir, el Espíritu intercede por nosotros de manera misteriosa.

27Y Dios, que sondea lo más profundo del ser, conoce cuál es el sentir de ese Espíritu que intercede por los creyentes de acuerdo con su divina voluntad.

28Estamos seguros, además, de que todo colabora al bien de los que aman a Dios, de los que han sido elegidos conforme a su designio.

29Porque a quienes Dios conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, que había de ser el primogénito entre muchos hermanos.

30Y a quienes Dios destinó desde un principio, también los llamó; a quienes llamó, los restableció en su amistad; y a quienes restableció en su amistad, los hizo partícipes de su gloria.


31¿Qué añadir a todo esto? Si Dios está a nuestro favor, ¿quién podrá estar contra nosotros?

32El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no va a hacernos el don de todas las cosas juntamente con él?

33¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¡Dios es quien salva!

34¿Quién se atreverá a condenar? ¡Cristo Jesús es quien murió, más aún, resucitó y está junto a Dios, en el lugar de honor, intercediendo por nosotros!

35¿Quién podrá arrebatarnos el amor que Cristo nos tiene? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, el miedo a la muerte?

36Ya lo dice la Escritura: Por tu causa estamos en trance de muerte cada día; nos tratan como a ovejas destinadas al matadero. 

37Pero Dios, que nos ha amado, nos hace salir victoriosos de todas estas pruebas.

38Estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni potestades cósmicas, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes sobrenaturales,

39ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura, será capaz de arrebatarnos este amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: La salvación cristiana: para todos los hombres y de todo el hombre

 La salvación que, por  iniciativa de Dios Padre, se ofrece en Jesucristo y se actualiza y difunde por  obra del Espíritu Santo, es salvación para todos los hombres y de todo el  hombre: es salvación universal e integral. Concierne a la persona humana en  todas sus dimensiones: personal y social, espiritual y corpórea, histórica y  trascendente. Comienza a realizarse ya en la  historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios  se ha hecho uno de nosotros. Pero su cumplimiento tendrá lugar en  el futuro que Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación (cf. Rm 8), seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión  eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo. Esta perspectiva  indica precisamente el error y el engaño de las visiones puramente inmanentistas  del sentido de la historia y de las pretensiones de autosalvación del hombre (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 38).

Todos pueden alcanzar la salvación (10, 5-21)

5En cuanto a la fuerza salvadora de la ley, así escribe Moisés: Quien cumpla la ley, encontrará vida en ella.

6En cambio, de la fuerza salvadora de la fe dice así: No te inquietes preguntando: "¿Quién podrá subir al cielo?" -se sobreentiende que para hacer que Cristo baje-.

7Ni tampoco: "¿Quién bajará al abismo?" -se sobreentiende que para hacer surgir a Cristo de la muerte-.

8Lo que dice la Escritura es esto: La palabra está muy cerca de ti. Está en tus labios y en tu propio corazón. Y se trata de la palabra de fe que nosotros proclamamos.

9Si, pues, tus labios confiesan que Jesús es el Señor y crees en tu interior que Dios lo hizo resucitar triunfante de la muerte, serás salvado.

10Porque se necesita la fe interior del corazón para que Dios nos restablezca en su amistad, y la pública confesión de esa fe para obtener la salvación.

11Pues dice la Escritura: Nadie que ponga en él su confianza quedará defraudado 

12Y no existe diferencia entre judío y no judío, ya que uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que lo invocan.

13Por tanto, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

14Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquel en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no han oído su mensaje? ¿Y cómo van a oír su mensaje si nadie lo proclama?

15¿Y cómo lo van proclamar si no son enviados? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias! 

16Pero no todos han aceptado la buena noticia. Lo dice Isaías: Señor, ¿quién ha creído nuestra proclamación? 

17En todo caso, la fe surge de la proclamación, y la proclamación se realiza mediante la palabra de Cristo.

18Y yo pregunto: ¿Será que no han oído? ¡Por supuesto que sí! La voz de los mensajeros ha resonado en todo el mundo y sus palabras han llegado hasta el último rincón de la tierra.

19Pero insisto: ¿será que Israel no ha entendido el mensaje? Oigamos en primer lugar lo que dice Moisés:

Haré que tengáis celos de un pueblo que no es mío, provocaré vuestro enojo mediante una nación no sabia. 


20Pero Isaías se atreve a más todavía: Los que no me buscaban me encontraron; me manifesté a los que no preguntaban por mí. 


21En cambio, de Israel dice: Todo el día he tenido mis manos tendidas a un pueblo indócil y rebelde.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: Jesucristo prototipo y fundamento de la nueva humanidad

El Señor Jesús es el prototipo  y el fundamento de la nueva humanidad. En Él,  verdadera « imagen de Dios » (2 Co 4,4), encuentra su plenitud el hombre  creado por Dios a su imagen. En el testimonio definitivo de amor que Dios ha  manifestado en la Cruz de Cristo, todas las barreras de enemistad han sido  derribadas (cf. Ef 2,12-18) y para cuantos viven la vida nueva en Cristo,  las diferencias raciales y culturales no son ya motivo de división (cf. Rm 10,12; Ga 3,26-28; Col 3,11).

Gracias al Espíritu, la Iglesia conoce el designio divino que  alcanza a todo el género humano (cf. Hch 17,26) y que está destinado a reunir, en el misterio de una salvación realizada  bajo el señorío de Cristo (cf. Ef 1,8-10), toda la realidad creatural  fragmentada y dispersa. Desde el día de Pentecostés, cuando la Resurrección es  anunciada a los diversos pueblos y comprendida por cada uno en su propia lengua  (cf. Hch 2,6), la Iglesia cumple la misión de restaurar y testimoniar la  unidad perdida en Babel: gracias a este ministerio eclesial, la familia humana  está llamada a redescubrir su unidad y a reconocer la riqueza de sus  diferencias, para alcanzar en Cristo « la unidad completa » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 431).

La nueva vida en Cristo (10, 1-21)

1Por el amor entrañable de Dios os lo pido, hermanos: presentaos a vosotros mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Ese ha de ser vuestro auténtico culto.

2No os amoldéis a los criterios de este mundo; al contrario, dejaos transformar y renovad vuestro interior de tal manera que sepáis apreciar lo que Dios quiere, es decir, lo bueno, lo que le es grato, lo perfecto.

3En virtud del don que me ha sido otorgado me dirijo a todos y a cada uno de vosotros para que a nadie se le suban los humos a la cabeza, sino que cada uno se estime en lo justo, conforme al grado de fe que Dios le ha concedido.

4Pues así como nuestro cuerpo, que es uno, consta de muchos miembros, y cada uno desempeña su cometido,

5de la misma manera nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y en ese cuerpo cada uno es un miembro al servicio de los demás.

6Y puesto que tenemos dones diferentes según la gracia que Dios nos ha otorgado, a quien haya concedido hablar en su nombre, hágalo sin apartarse de la fe;

7el que sirve, que lo haga con diligencia; el que enseña, con dedicación;

8el que exhorta, aplicándose a exhortar; el encargado de repartir a los necesitados, hágalo con generosidad; el que preside, con solicitud; y el que practica la misericordia, con alegría.

9No hagáis de vuestro amor una comedia. Aborreced el mal y abrazad el bien.

10Amaos de corazón unos a otros como hermanos y que cada uno aprecie a los otros más que a sí mismo.

11Si se trata de esforzaros, no seáis perezosos; manteneos espiritualmente fervientes y prontos para el servicio del Señor.

12Vivid alegres por la esperanza, animosos en la tribulación y constantes en la oración.

13Solidarizaos con las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad;

14bendecid a los que os persiguen y no maldigáis jamás.

15Alegraos con los que están alegres y llorad con los que lloran.

16Vivid en plena armonía unos con otros. No ambicionéis grandezas, antes bien poneos al nivel de los humildes. Y no presumáis de inteligentes.

17A nadie devolváis mal por mal. Esforzaos en hacer el bien ante cualquiera.

18En cuanto de vosotros dependa, haced lo posible por vivir en paz con todo el mundo.

19Y no os toméis la justicia por vuestra mano, queridos míos; dejad que sea Dios quien castigue, según dice la Escritura:

A mí me corresponde castigar; yo daré a cada cual su merecido -dice el Señor-.

20A ti, en cambio, te dice: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Así harás que su cara le arda de vergüenza .

21No permitas que te venza el mal, antes bien, vence al mal a fuerza de bien.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: las primeras comunidades cristianas

La sumisión, no pasiva, sino  por razones de conciencia (cf. Rm 13,5), al  poder constituido responde al orden establecido por Dios. San Pablo define  las relaciones y los deberes de los cristianos hacia las autoridades (cf. Rm 13,1-7). Insiste en el deber cívico de pagar los tributos: « Dad a cada cual lo  que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien  respeto, respeto; a quien honor, honor » (Rm 13,7). El Apóstol no intenta  ciertamente legitimar todo poder, sino más bien ayudar a los cristianos a « procurar el bien ante todos los hombres » (Rm 12,17), incluidas las  relaciones con la autoridad, en cuanto está al servicio de Dios para el bien de  la persona (cf. Rm 13,4; 1 Tm 2,1-2; Tt 3,1) y « para hacer  justicia y castigar al que obra el mal » (Rm 13,4).

San Pedro exhorta a los cristianos a permanecer sometidos « a causa del Señor, a  toda institución humana » (1 P 2,13). El rey y sus gobernantes están para  el « castigo de los que obran el mal y alabanza de los que obran el bien » (1  P 2,14). Su autoridad debe ser « honrada » (cf. 1 P 2,17), es decir  reconocida, porque Dios exige un comportamiento recto, que cierre « la boca a  los ignorantes insensatos » (1 P 2,15). La libertad no puede ser  usada para cubrir la propia maldad, sino para servir a Dios (cf. 1 P 2,16). Se trata entonces de una obediencia libre y responsable a una autoridad  que hace respetar la justicia, asegurando el bien común (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 380).

El cristiano y la autoridad civil (13, 1-7)

1Todos deben acatar la autoridad que preside, pues toda autoridad procede de Dios y las autoridades que existen han sido establecidas por él.

2Por tanto, los que se oponen a la autoridad se rebelan contra lo que Dios ha dispuesto y recibirán su merecido.

3Los gobernantes, en efecto, no están para intimidar a los buenos, sino a los malos. ¿Aspiras a no tener miedo de la autoridad? Pues pórtate bien, y sólo elogios recibirás de ella,

4ya que está al servicio de Dios para hacer el bien. Pero, si te portas mal, teme lo peor, pues no en vano está dotada de poderes eficaces al servicio de Dios para castigar severamente a los que hacen el mal.

5Es preciso, por tanto, que acatéis la autoridad, y no sólo por miedo al castigo, sino como un deber de conciencia.

6Dígase lo mismo de los impuestos que pagáis; quienes os los exigen son como representantes de Dios, dedicados precisamente a ese cometido.

7Dad a cada uno lo que le corresponda, lo mismo si se trata de impuestos que de contribuciones, de respeto que de honores.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la autoridad

La autoridad debe emitir leyes  justas, es decir, conformes a la dignidad de la persona humana y a los  dictámenes de la recta razón: « En tanto la ley  humana es tal en cuanto es conforme a la recta razón y por tanto deriva de la  ley eterna. Cuando por el contrario una ley está en contraste con la razón, se  le denomina ley inicua; en tal caso cesa de ser ley y se convierte más bien en  un acto de violencia ». La autoridad que gobierna según la razón  pone al ciudadano en relación no tanto de sometimiento con respecto a otro  hombre, cuanto más bien de obediencia al orden moral y, por tanto, a Dios mismo  que es su fuente última. Quien rechaza obedecer a la autoridad que  actúa según el orden moral « se rebela contra el orden divino » (Rm 13,2). Análogamente la autoridad pública, que tiene su fundamento  en la naturaleza humana y pertenece al orden preestablecido por Dios, si no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se  hace ilegítima (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 398).

Condescendencia y apoyo mutuo (14, 1-12)

1Acoged a los que tienen una fe poco formada y no os enzarcéis en cuestiones opinables.

2Algunos creen que se puede comer de todo; otros, en cambio, tienen la fe poco formada y sólo comen alimentos vegetales.

3Quien come de todo, que no desprecie a quien se abstiene de comer ciertos alimentos; y el que no come ciertos alimentos, que no critique al que come de todo, pues ambos han sido acogidos por Dios.

4¿Quién eres tú para erigirte en juez de alguien que no está bajo tu dominio? Que se mantenga en pie o que caiga es algo que incumbe solamente a su amo. Y no cabe duda de que se mantendrá en pie, pues le sobra poder al Señor para mantenerlo.

5Algunos dan especial importancia a ciertos días mientras que otros piensan que todos los días son iguales. Actúe cada uno conforme al dictamen de su propia conciencia.

6El que piensa que hay que celebrar determinadas fechas, con intención de honrar al Señor lo hace. Y el que come de todo, también lo hace para honrar al Señor; de hecho, da gracias a Dios por ello. De la misma manera, el que se abstiene de comer ciertos manjares, lo hace para honrar al Señor, y también da gracias a Dios.

7Nadie vive ni muere para sí mismo.

8Si vivimos, para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos. Así pues, en vida o en muerte, pertenecemos al Señor.

9Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

10¿Cómo te atreves, entonces, a erigirte en juez de tu hermano? ¿Quién eres tú para despreciarlo? Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios,

11pues dice la Escritura: Por mi vida, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y todos reconocerán la grandeza de Dios.

12En una palabra, cada uno de nosotros habrá de rendir cuentas a Dios de sí mismo.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: El derecho a la objeción de conciencia

 El ciudadano no está obligado  en conciencia a seguir las prescripciones de las autoridades civiles si éstas  son contrarias a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de  las personas o a las enseñanzas del Evangelio. Las leyes injustas colocan a la persona moralmente recta ante dramáticos  problemas de conciencia: cuando son llamados a colaborar en acciones  moralmente ilícitas, tienen la obligación de negarse. Además  de ser un deber moral, este rechazo es también un derecho humano elemental que,  precisamente por ser tal, la misma ley civil debe reconocer y proteger: « Quien  recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones  penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar,  económico y profesional ».

Es un grave deber de conciencia no prestar colaboración, ni  siquiera formal, a aquellas prácticas que, aun siendo admitidas por la  legislación civil, están en contraste con la ley de Dios. Tal cooperación, en efecto, no puede ser jamás justificada, ni invocando el  respeto de la libertad de otros, ni apoyándose en el hecho de que es prevista y  requerida por la ley civil. Nadie puede sustraerse jamás a la responsabilidad  moral de los actos realizados y sobre esta responsabilidad cada uno será juzgado  por Dios mismo (cf. Rm 2,6; 14,12) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 399).

Convivir en paz y armonía (14, 13-23)

13Por tanto, dejemos ya de criticarnos unos a otros. Proponeos, más bien, no ser para el hermano ocasión o motivo de pecado.

14Apoyado en Jesús, el Señor, estoy plenamente convencido de que nada es en sí mismo impuro; una cosa es impura sólo para aquel que la considere como tal.

15Claro que si, por comer un determinado alimento, haces daño a tu hermano, ya no es el amor la norma de tu vida. ¡Triste cosa sería hacer que perezca por cuestiones de alimentos alguien por quien Cristo ha muerto!

16No permitáis, pues, que se os critique por algo que en sí mismo es bueno.

17El reino de Dios no consiste en lo que se come o en lo que se bebe; consiste en una vida recta, alegre y pacífica que procede del Espíritu Santo.

18Quien sirve así a Cristo, agrada a Dios y se granjea la estima humana.

19Así que busquemos con afán lo que contribuye a la paz y a la convivencia mutua.

20¿Por qué destruir la obra de Dios por una cuestión de alimentos? Todo lo que se come es bueno, pero se convierte en malo para quien, al comerlo, pone a otro en ocasión de pecado.

21Más vale, pues, que te abstengas de carne, de vino o de cualquier otra cosa, antes que poner a tu hermano en trance de pecar.

22La fe bien formada que tú tienes, resérvala para tus relaciones personales con Dios. ¡Dichoso el que puede tomar una decisión sin angustias de conciencia!

23Pero quien tiene dudas de si un alimento está prohibido o permitido y, sin embargo, lo come, se hace culpable al no proceder conforme al dictamen de su conciencia. Pues todo lo que se hace con mala conciencia es pecado.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la persona humana y sus derechos

La Iglesia ve en el hombre, en  cada hombre, la imagen viva de Dios mismo; imagen que encuentra, y está llamada  a descubrir cada vez más profundamente, su plena razón de ser en el misterio de  Cristo, Imagen perfecta de Dios, Revelador de Dios al hombre y del hombre a sí  mismo. A este hombre, que ha recibido de Dios mismo  una incomparable e inalienable dignidad, es a quien la Iglesia se dirige y le  presta el servicio más alto y singular recordándole constantemente su altísima  vocación, para que sea cada vez más consciente y digno de ella. Cristo, Hijo de  Dios, « con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre »;  por ello, la Iglesia reconoce como su tarea principal hacer que esta  unión pueda actuarse y renovarse continuamente. En Cristo Señor, la Iglesia  señala y desea recorrer ella misma el camino del hombre, e invita  a reconocer en todos, cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos, y sobre todo  en el pobre y en el que sufre, un hermano « por quien murió Cristo » (1 Co 8,11; Rm 14,15) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 105).

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