I Juan

Dios es luz (1, 5-10)

5Este es el mensaje que escuchamos a Jesucristo y que ahora os anunciamos: Dios es luz sin mezcla de tinieblas.

6Si vamos diciendo que estamos unidos a Dios pero vivimos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad.

7Pero, si vivimos de acuerdo con la luz, como él vive en la luz, entonces vivimos unidos los unos con los otros y la muerte de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.

8Si alardeamos de no cometer pecado, somos unos ilusos y no poseemos la verdad.

9Si, por el contrario, reconocemos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda iniquidad.

10Si alardeamos de no haber pecado, dejamos a Dios por mentiroso y además es señal de que no hemos acogido su mensaje.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: universalidad de la salvación

La doctrina del pecado  original, que enseña la universalidad del pecado, tiene una importancia  fundamental: « Si decimos: "No tenemos pecado", nos  engañamos y la verdad no está en nosotros » (1 Jn 1,8). Esta doctrina  induce al hombre a no permanecer en la culpa y a no tomarla a la ligera,  buscando continuamente chivos expiatorios en los demás y justificaciones en el  ambiente, la herencia, las instituciones, las estructuras y las relaciones. Se  trata de una enseñanza que desenmascara tales engaños.

La doctrina de la universalidad del pecado, sin embargo, no se  debe separar de la conciencia de la universalidad de la salvación en Jesucristo. Si se aísla de ésta, genera una falsa angustia por el pecado y una consideración  pesimista del mundo y de la vida, que induce a despreciar las realizaciones  culturales y civiles del hombre (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 120).

El amor fraterno (3, 11-18)

11Desde el principio habéis escuchado el anuncio de amaros unos a otros.

12No como Caín, quien, por ser del maligno, asesinó a su hermano. Y ¿por qué lo asesinó? Pues porque sus acciones eran malas, y las de su hermano, en cambio, eran buenas.

13No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece.

14Sabemos que por amar a nuestros hermanos hemos pasado de la muerte a la vida, mientras que quien no ama sigue muerto.

15Odiar al hermano es como darle muerte, y debéis saber que ningún asesino tiene dentro de sí vida eterna.

16Nosotros hemos conocido lo que es el amor en que Cristo dio su vida por nosotros; demos también nosotros la vida por los hermanos.

17Pero si alguien nada en la abundancia y, viendo que su hermano está necesitado le cierra el corazón, ¿tendrá valor para decir que ama a Dios?

18Hijos míos, ¡obras son amores y no buenas razones!

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: solidaridad en la vida y en el mensaje de Jesucristo

La cumbre insuperable de la  perspectiva indicada es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario  con la humanidad hasta la « muerte de cruz »  (Flp 2,8): en Él es posible reconocer el signo viviente del amor inconmensurable y  trascendente del Dios con nosotros, que se hace cargo de las enfermedades  de su pueblo, camina con él, lo salva y lo constituye en la unidad. En Él, y gracias a Él, también la vida social puede ser nuevamente descubierta,  aun con todas sus contradicciones y ambigüedades, como lugar de vida y de  esperanza, en cuanto signo de una Gracia que continuamente se ofrece a todos y  que invita a las formas más elevadas y comprometedoras de comunicación de bienes.

Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los  hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado: « A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma,  al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad  total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser  humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se  convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de  Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto,  debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y  por él se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo: "dar la vida por  los hermanos" (cf. Jn 15,13) » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 196).

En las fuentes del amor (4, 7-21)

7Queridos, Dios es la fuente del amor: amémonos, pues, unos a otros. El que ama es hijo de Dios y conoce a Dios.

8El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

9Y Dios ha demostrado que nos ama enviando a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por medio de él.

10Pues el amor radica no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados.

11Queridos, si a tal extremo ha llegado el amor de Dios para con nosotros, también nosotros debemos amarnos mutuamente.

12Es cierto que jamás alguien ha visto a Dios; pero, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor alcanza en nosotros cumbres de perfección.

13Estamos seguros de que permanecemos en Dios y Dios permanece en nosotros, porque nos ha hecho partícipes de su Espíritu.

14Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado a su Hijo como salvador del mundo.

15Quien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él.

16Por nuestra parte, hemos conocido y hemos puesto nuestra confianza en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él.

17Nuestro amor alcanza su más alto nivel de perfección cuando, al compartir nosotros ya en este mundo la condición de Cristo, nos hace esperar confiados el día del juicio.

18Amor y temor, en efecto, son incompatibles; el auténtico amor elimina el temor, ya que el temor está en relación con el castigo, y el que teme es que aún no ha aprendido a amar perfectamente.

19Amemos, pues, nosotros, porque Dios nos amó primero.

20Quien dice: "Yo amo a Dios", pero al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano, a quien ve?

21En fin, este mandamiento nos dejó Cristo: que quien ama a Dios, ame también a su hermano.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: Iglesia, Reino de Dios y renovación de las relaciones sociales

Jesucristo revela que  « Dios es amor » (1 Jn 4,8) y nos enseña  que « la ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la  transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los  que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los  hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal  no son cosas inútiles ». Esta ley está llamada a convertirse en  medida y regla última de todas las dinámicas conforme a las que se desarrollan  las relaciones humanas. En síntesis, es el mismo misterio de Dios, el Amor  trinitario, que funda el significado y el valor de la persona, de la  sociabilidad y del actuar del hombre en el mundo, en cuanto que ha sido revelado  y participado a la humanidad, por medio de Jesucristo, en su Espíritu (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 54).

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