Job

Grandeza de Dios en las alturas (25, 1-6)

1Bildad de Súaj respondió así:

2Dios tiene un poder temible, impone la paz en las alturas.

3¿Quién puede enumerar sus tropas? ¿Sobre quién no se alza su luz?

4¿Puede ser justo el mortal ante Dios, o puro el que ha nacido de mujer?

5¡Si hasta la luna carece de brillo y los astros no son puros a sus ojos!

6¡Cuánto menos el mortal, un gusano, el ser humano, que sólo es una larva!

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: La promoción de la paz

La promesa de paz, que recorre  todo el Antiguo Testamento, halla su cumplimiento en la Persona de Jesús.  La paz es el bien mesiánico por excelencia, que engloba todos los demás bienes  salvíficos. La palabra hebrea « shalom », en el sentido etimológico de « entereza », expresa el concepto de « paz » en la plenitud de su  significado (cf. Is 9,5s.; Mi 5,1-4). El reino del Mesías es  precisamente el reino de la paz (cf. Jb 25,2; Sal 29,11; 37,11;  72,3.7; 85,9.11; 119,165; 125,5; 128,6; 147,14; Ct 8,10; Is 26,3.12; 32,17s; 52,7; 54,10; 57,19; 60,17; 66,12; Ag 2,9; Zc 9,10 et alibi). Jesús « es nuestra paz » (Ef 2,14), Él ha derribado el  muro de la enemistad entre los hombres, reconciliándoles con Dios (cf. Ef 2,14-16). De este modo, San Pablo, con eficaz sencillez, indica la razón  fundamental que impulsa a los cristianos hacia una vida y una misión de paz.

La  vigilia de su muerte, Jesús habla de su relación de amor con el Padre y de la  fuerza unificadora que este amor irradia sobre sus discípulos; es un discurso de  despedida que muestra el sentido profundo de su vida y que puede considerarse  una síntesis de toda su enseñanza. El don de la paz sella su testamento  espiritual: « Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo »  (Jn 14,27). Las palabras del Resucitado no suenan diferentes; cada vez  que se encuentra con sus discípulos, estos reciben de Él su saludo y el don de  la paz: « La paz con vosotros » (Lc 24,36; Jn 20,19.21.26) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 491).

 

Primer discurso: sabiduría del Creador (38, 1-41)

1El Señor se dirigió a Job desde la tormenta:

2¿Quién es ese que confunde mis designios pronunciando tales desatinos?

3Si tienes agallas, cíñete los lomos; te preguntaré y tú me instruirás.

4¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Dímelo tú, si tanto sabes.

5¿Sabes quién diseñó sus dimensiones o le aplicó la cinta de medir?

6¿Dónde se asienta su basamento o quién colocó su piedra angular

7mientras aclamaban los astros matutinos y los vitoreaban los hijos de Dios?

8¿Quién clausuró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso de su seno;

9cuando le puse nubes por mantillas y nubes de tormenta por pañales;

10cuando determiné sus límites poniéndole puertas y cerrojos,

11y le dije: "De aquí no pasarás, aquí se estrellará el orgullo de tus olas"?

12¿Has mandado alguna vez a la mañana o has señalado su puesto a la aurora

13para que agarre la tierra por los bordes y sacuda de ella a los malvados;

14para marcarla como arcilla bajo el sello y darle color como a un vestido;

15para negar la luz a los malvados y hacer trizas el brazo sublevado?

16¿Has penetrado en las fuentes del Mar o paseado por la hondura del Abismo?

17¿Te han enseñado las puertas de la Muerte o has visto los portales de las Sombras?

18¿Has examinado las dimensiones de la tierra? Cuéntamelo, si lo sabes todo.

19¿Dónde está la casa de la luz y dónde viven las tinieblas?

20¿Podrías guiarlas a su país o indicarles el camino de casa?

21Lo sabrás, pues ya habías nacido: ¡tienes tantísimos años!

22¿Has entrado en los silos de la nieve y observado los depósitos del granizo

23que reservo para la hora de la angustia, para el día de la guerra y del combate?

24¿Por dónde se difunde la luz, por dónde se dispersa el viento del este?

25¿Quién ha excavado un canal al aguacero y ha abierto un camino al rodar de los truenos,

26para que llueva en tierras despobladas, en el desierto no habitado por humanos;

27para que empape la estepa desolada y brote un vergel en el páramo?

28¿Quién es el padre de la lluvia o quién engendra el rocío?,

29¿de qué vientre sale el hielo o quién pare la escarcha del cielo,

30cuando el agua se endurece como piedra y se atasca la faz del Abismo?

31¿Puedes atar los lazos de las Pléyades o soltar las riendas de Orión,

32hacer salir a su hora al Zodíaco, guiar a la Osa y a sus crías?

33¿Conoces las leyes que rigen el cielo y haces que se cumplan en la tierra?

34¿Puedes dar órdenes a las nubes para que envíen sobre ti un chaparrón?

35¿Usas como mensajeros a los rayos, que acuden y te dicen: "A tus órdenes"?

36¿Quién dio sabiduría al dosel de nubes y puso perspicacia en mi tienda celeste?

37¿Quién sabe enumerar las nubes e inclina los cántaros del cielo,

38cuando el polvo se funde en una masa y se pegan los terrones entre sí?

39¿Le cazas la presa a la leona o sacias el hambre de sus crías,

40cuando se encierran en sus guaridas o acechan agazapados en la maleza?

41¿Quién da de comer al cuervo cuando sus crías graznan a Dios y aletean nerviosas por el hambre?

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: La tarea de cultivar y custodiar la tierra

 

El  Antiguo Testamento presenta a Dios como Creador omnipotente (cf. Gn 2,2; Jb 38-41; Sal 104; Sal 147), que plasma al hombre a  su imagen y lo invita a trabajar la tierra (cf. Gn 2,5-6), y a custodiar el jardín del Edén en donde lo ha puesto (cf. Gn 2,15). Dios confía a la primera pareja humana la tarea de someter la  tierra y de dominar todo ser viviente (cf. Gn 1,28). El dominio del  hombre sobre los demás seres vivos, sin embargo, no debe ser despótico e  irracional; al contrario, él debe « cultivar y custodiar » (cf. Gn 2,15)  los bienes creados por Dios: bienes que el hombre no ha creado sino que ha  recibido como un don precioso, confiado a su responsabilidad por el Creador.  Cultivar la tierra significa no abandonarla a sí misma; dominarla es tener  cuidado de ella, así como un rey sabio cuida de su pueblo y un pastor de su  grey.

En el designio del Creador, las realidades creadas, buenas en sí  mismas, existen en función del hombre. El asombro  ante el misterio de la grandeza del hombre hace exclamar al salmista: « ¿Qué es  el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides?  Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le  hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies »  (Sal 8,5-7) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 255).

 

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