Abraham

Gn 12,1-9: Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.
En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
-Sal de tu tierra, de tu patria
y de la casa de tu padre
hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti un gran pueblo,
te bendeciré, haré famoso tu nombre,
y será una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan,
maldeciré a los que te maldigan.
Con tu nombre se bendecirán
todas las familias del mundo.
Abrán marchó, como le había dicho el Señor,
y con él marchó Lot.
Abrán tenía setenta
y cinco años cuando salió de Harán.
Abrán llevó consigo a Saray, su mujer;
a Lot, su sobrino;
todo lo que había adquirido
y todos los esclavos que había ganado en Harán.
Salieron en dirección de Canaán
y llegaron a la tierra de Canaán.
Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén,
hasta la encina de Moré
(en aquel tiempo habitaban allí los cananeos).
El Señor se apareció a Abrán y le dijo:
-A tu descendencia le daré esta tierra.
El construyó allí un altar en honor del Señor
que se le había aparecido.
Desde allí continuó hacia las montañas al este de Betel,
y plantó allí su tienda, con Betel a poniente y Ay a levante;
construyó allí un altar al Señor
e invocó el nombre del Señor.
Abrán se trasladó por etapas al Negueb.

CLAVE DE LECTURA

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS CARDENALES PRESENTES EN ROMA,
EN EL XXV ANIVERSARIO DE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL DEL SANTO PADRE

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO*

Capilla Paulina
Martes 27 de junio de 2017

 

En la primera lectura hemos escuchado como continúa el diálogo entre Dios y Abraham, ese diálogo que comenzó con aquel “Vete. Vete de tu tierra...” (Gn 12,1). Y en esta continuación del diálogo, encontramos tres imperativos: “¡Levántate!”, “¡mira!”, “¡espera!”. Tres imperativos que marcan el camino que debe recorrer Abraham y también cómo hacerlo, la actitud interior: levántate, mira, espera.

“¡Levántate!”. Levántate, camina, no te quedes sentado. Tienes una tarea, tienes una misión y debes llevarla a cabo en camino. No te quedes sentado: levántate, de pie. Y Abraham empezó a andar. En camino, siempre. Y el símbolo de esto es la tienda. Dice el libro del Génesis que Abraham iba con la tienda, y cuando se detenía allí plantaba la tienda. Abraham nunca se construyó una casa mientras obedecía a este imperativo: “Levántate”. Solamente construyó un altar: la única cosa. Para adorar al que le había ordenado que se levantase, que se pusiera en camino, con la tienda. “¡Levántate!”.

¡Mira!”. Segundo imperativo. “Alza tus ojos y mira, desde el lugar en donde estás, hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente” (Gn 13,14). Mira. Mira el horizonte, no construyas muros. Mira siempre. Y sigue adelante. Y la mística [la espiritualidad] del horizonte es que cuanto más se va adelante, más lejano está el horizonte. Empujar la mirada, empujarla hacia adelante, caminando, pero hacia el horizonte.

Tercer imperativo: “¡Espera!”. Hay un diálogo muy hermoso: “[Señor,] me has dado tanto, pero un criado de mi casa me va a heredar” – ”No te heredará ese, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas”… (Gn 15,3-4). ¡Espera! . Y esto, dicho a un hombre que no podía tener herederos, tanto por su edad como por la esterilidad de su esposa. Pero será “tuyo”. Y tu heredad –la tuya– será “como el polvo de la tierra: tal que si alguien puede contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia” (Gn 13,16). Y algo más adelante: “Mira hacia arriba, mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas... Así será tu descendencia”. Y  Abraham creyó, y el Señor se lo reputó, por justicia (cf. Gn 15.5-6). En la fe de Abraham comienza esa justicia que [el apóstol] Pablo llevará más allá en la explicación de la justificación.

“Levántate! ¡Mira! –el horizonte, no hay paredes, el horizonte– ¡Espera!”. Y la esperanza no tiene paredes, es puro horizonte.

Pero cuando Abraham fue llamado, tenía más o menos nuestra edad: estaba a punto de retirarse, retirarse a descansar... Comenzó a esa edad. Un hombre mayor con el peso de la vejez, esa vejez que trae dolores, enfermedades... Pero tú, como si fueras un jovenzuelo, ¡levántate!, ¡vete!, ¡vete! Como si fueras un scout: ¡vete! Mira y espera. Y esta Palabra de Dios también es para nosotros, que tenemos una edad que es como la de Abraham... más o menos –hay algunos jóvenes aquí, pero la mayoría de nosotros está en esta edad–; y hoy a nosotros el Señor nos dice lo mismo: “¡Levántate! ¡Mira! ¡Espera”. Nos dice que no es el momento de cerrar nuestra vida, de cerrar nuestra historia, de resumir nuestra historia. El Señor nos dice que nuestra historia está todavía abierta: está abierta hasta el final, está abierta con una misión. Y con estos tres imperativos nos indica la misión: “¡Levántate! ¡Mira! ¡Espera”.

Alguien que no nos quiere dice que somos la gerontocracia de la Iglesia. Es una burla. No entiende lo que dice. No somos gerontes: somos abuelos, somos abuelos. Y si no lo sentimos, debemos pedir la gracia de sentirlo. Abuelos a los que miran nuestros nietos. Abuelos que tienen que darles un sentido de la vida con su experiencia. Abuelos que no están encerrados en la melancolía de su historia, sino abiertos para darles esto. Y para nosotros, este “levántate, mira, espera” se llama “soñar”. Somos abuelos llamados a soñar y dar nuestros sueños a los jóvenes de hoy que lo necesitan. Porque tomarán de nuestros sueños la fuerza para profetizar y llevar a cabo su tarea.

Me viene a la mente el pasaje del Evangelio de Lucas (2, 21-38); Simeón y Ana, dos abuelos, pero ¡qué capacidad de soñar tenían estos dos! Y todo ese sueño se lo contaron a san José, a la Virgen María, a la gente... y Ana iba hablando aquí y allá y decía: “¡Es él! ¡Es él!”, y proclamaba el sueño de su vida. Y eso es lo que hoy el Señor nos pide: que seamos abuelos. Que tengamos vitalidad para dar a los jóvenes, porque los jóvenes la esperan de nosotros; que no nos encerremos, para darles lo mejor que tenemos: esperan de nosotros la experiencia, nuestros sueños positivos para llevar a cabo la profecía y la tarea.

Pido al Señor para todos nosotros que nos conceda esta gracia. También para aquellos que aún no han llegado a ser abuelos: Vemos al presidente [de los obispos] de Brasil, es un jovenzuelo... pero llegará… La gracia de ser abuelos, la gracia de soñar, y dar este sueño a nuestros jóvenes: lo necesitan.

[Al final de la misa, antes de la bendición]

Quiero dar las gracias a todos por las palabras que me ha dirigido el cardenal Sodano, decano, con el nuevo vicedecano que está a su lado –¡mis mejores deseos!–. Agradeceros esta oración común en este aniversario, pidiendo el perdón por mis pecados y la perseverancia en la fe, la esperanza y la caridad. Os agradezco mucho esta compañía fraterna y pido al Señor que os bendiga y os acompañe en el camino de servicio a la Iglesia. Muchas gracias.


* Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede

Gn 17,3-9: Serás padre de muchedumbre de pueblos.
En aquellos días, Abrán cayó de bruces, y Dios le dijo:
- «Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos.
Ya no te llamarás Abrán, sino que te llamarás Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos.
Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.
Mantendré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo.
Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros.
Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios.»
Dios añadió a Abrahán:
-«Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones.»

"Las tres dimensiones de la vida cristiana: elección, promesa, alianza"

Jueves, 2 de abril de 2020

Homilía del Papa Francisco

 

El Señor se ha acordado siempre de su alianza. Lo acabamos de repetir en el Salmo responsorial (cf. Sal 105,8). El Señor no olvida, nunca olvida. Bueno, sólo olvida en un caso, cuando perdona los pecados. Después de perdonar pierde la memoria, no recuerda los pecados. En otros casos Dios no olvida. Su fidelidad es memoria. Su fidelidad a su pueblo. Su fidelidad a Abraham es el recuerdo de las promesas que hizo. Dios eligió a Abraham para hacer un camino. Abraham es un elegido, era un elegido. Dios lo eligió. Luego en esa elección le prometió una herencia y hoy, en el pasaje del libro del Génesis, hay un paso más. “Por mi parte esta es mi alianza contigo” (Gn 17,4). La alianza. Una alianza que le hace ver a lo lejos su fecundidad: “serás padre de una muchedumbre de pueblos” (Gn 17,4). La elección, la promesa y la alianza son las tres dimensiones de la vida de fe, las tres dimensiones de la vida cristiana.

Cada uno de nosotros es un elegido, nadie elige ser cristiano entre todas las posibilidades que le ofrece el “mercado” religioso. Somos cristianos porque hemos sido elegidos. En esta elección hay una promesa, hay una promesa de esperanza, el signo es la fecundidad: Abraham serás padre de una muchedumbre de pueblos y... serás fecundo en la fe (cf. Gn 17,5-6). Tu fe florecerá en las obras, en las buenas obras, en las obras de fecundidad también, una fe fecunda. Pero debes —el tercer paso— observar la alianza conmigo (cf. 17,9). Y la alianza es fidelidad, ser fiel. Hemos sido elegidos, el Señor nos ha hecho una promesa, ahora nos pide una alianza. Una alianza de fidelidad. Jesús dice que Abraham se regocijó pensando, viendo su día, el día de la gran fecundidad, ese hijo suyo —Jesús era hijo de Abraham  (cf. Jn 8,56)— que vino a rehacer la creación, que es más difícil que hacerla, dice la liturgia, vino a redimir nuestros pecados, a liberarnos.

El cristiano es cristiano no para que pueda enseñar la fe de bautismo: la fe de bautismo es un papel. Tú eres cristiano si dices que sí a la elección que Dios ha hecho de ti, si vas detrás de las promesas que el Señor te ha hecho y si vives una alianza con el Señor: esta es la vida cristiana. Los pecados del camino están siempre en contra de estas tres dimensiones: no aceptar la elección y “elegir” nosotros tantos ídolos, tantas cosas que no son de Dios. No aceptar la esperanza en la promesa, ir, mirar de lejos las promesas, incluso muchas veces, como dice la Carta a los Hebreos (cf. Hb 6,12; Hb 8,6), saludándolas de lejos y hacer que las promesas estén hoy con los pequeños ídolos que nosotros hacemos, y olvidar la alianza, vivir sin alianza, como si estuviéramos sin alianza.

La fecundidad es la alegría, esa alegría de Abraham que vio el día de Jesús y se llenó de alegría. Esta es la revelación que la palabra de Dios nos da hoy sobre nuestra existencia cristiana. Que sea como aquella de nuestro Padre: consciente de ser elegido, gozoso de ir hacia una promesa y fiel en el cumplimento de la alianza.

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