Malaquías

Contraste con el sacerdocio de Leví (2, 1-9)

1A vosotros, pues, sacerdotes se dirige esta amonestación:

2Si no estáis atentos y no os proponéis de corazón el honrar mi nombre -dice el Señor del universo-, enviaré maldición sobre vosotros y convertiré en maldición vuestras bendiciones. De hecho, ya he decidido convertirlas en maldición porque ninguno de vosotros toma en consideración este aviso.

3Mirad, he decidido apartaros del sacerdocio y echaros a la cara los excrementos de vuestras celebraciones religiosas, con los que también vosotros seréis barridos.

4Así reconoceréis que soy yo el que os dirijo esta amonestación para salvaguardar mi alianza con Leví -dice el Señor del universo-.

5Mi alianza le ofrecía vida y paz, y se las otorgué para que me respetara; y, en efecto, respetó y reverenció mi nombre.

6La enseñanza de su boca fue verdadera, y en sus labios nunca se halló maldad; la concordia y la rectitud caracterizaron su conducta respecto a mí, y consiguió que muchos se arrepintieran de sus culpas.

7Y es que un sacerdote debe atesorar sabiduría, y de su boca se espera que salga la enseñanza, pues es un mensajero del Señor del universo.

8Sin embargo, vosotros os desviasteis del camino, hicisteis tropezar a muchos con vuestra enseñanza y quebrantasteis la alianza de Leví -dice el Señor del universo-.

9Así, pues, yo haré que todo el pueblo os considere despreciables y viles, ya que ninguno de vosotros observa mis preceptos ni sois imparciales al aplicar la ley.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: promoción de la paz

En la Revelación bíblica, la  paz es mucho más que la simple ausencia de guerra: representa la plenitud de la  vida  (cf. Ml 2,5); más que una construcción  humana, es un sumo don divino ofrecido a todos los hombres, que comporta la  obediencia al plan de Dios. La paz es el efecto de la bendición de Dios sobre su  pueblo: « Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz » (Nm 6,26).  Esta paz genera fecundidad (cf. Is 48,19), bienestar (cf. Is 48,18), prosperidad (cf. Is 54,13), ausencia de temor (cf. Lv 26,6) y alegría profunda (cf. Pr 12,20) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 489).

 

Reproches contra la infidelidad (2, 10-16)

10¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos creó un mismo Dios? ¿Por qué, pues, traiciona cada uno a su hermano, incumpliendo la alianza que Dios hizo con nuestros antepasados?

11Judá ha cometido traición; en Israel y en Jerusalén se han hecho cosas aborrecibles, pues Judá ha profanado el santuario amado por el Señor al permitir matrimonios con mujeres que adoran a dioses extranjeros.

12Que el Señor extirpe de la nación israelita a quien hace tal cosa, al instigador, al que la realiza y a quien luego presenta ofrendas al Señor del universo.

13Pero es que todavía añadís más: cubrís el altar del Señor de lágrimas, llanto y gemidos porque él ya no acepta con agrado vuestras ofrendas.

14"¿Por qué sucede así?" -os preguntáis-. Pues porque el Señor es testigo de que tú has sido infiel a la esposa de tu juventud, la esposa y compañera con quien te comprometiste.

15¿No ha hecho Dios un solo ser, un cuerpo animado por el espíritu? ¿Y qué es lo que busca este único ser? Pues una descendencia concedida por Dios. Así que cuidad vuestro espíritu y no traicionéis a la esposa de vuestra juventud.

16Pues el que repudia a su esposa porque ha dejado de amarla -dice el Señor, Dios de Israel- se comporta de forma violenta, -dice el Señor del universo-. Así pues, cuidad vuestro espíritu y no seáis infieles.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la familia

En la familia se aprende a  conocer el amor y la fidelidad del Señor, así como la necesidad de  corresponderle (cf. Ex 12,25-27; 13,8.14-15; Dt 6,20- 25; 13,7-11; 1 S 3,13); los hijos aprenden las primeras y más  decisivas lecciones de la sabiduría práctica a las que van unidas las virtudes  (cf. Pr 1,8-9; 4,1-4; 6,20-21; Si 3,1-16; 7,27-28). Por todo ello,  el Señor se hace garante del amor y de la fidelidad conyugales (cf. Ml 2,14-15).

Jesús nació y vivió en una familia concreta aceptando todas sus  características propias  y dio así  una excelsa dignidad a la institución matrimonial, constituyéndola como  sacramento de la nueva alianza (cf. Mt 19,3-9). En esta perspectiva, la  pareja encuentra su plena dignidad y la familia su solidez (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 210).

 

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