Nicodemo

Jn 3,1-8: El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.
Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
- «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.»
Jesús le contestó:
- «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.»
Nicodemo le pregunta:
- «¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? »
Jesús le contestó:
- «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.»

"Nacer del Espíritu"

Lunes, 20 de abril de 2020

Homilía del Papa Francisco

Este hombre, Nicodemo, es un jefe de los judíos, un hombre prestigioso; sintió la necesidad de ir donde Jesús. Fue por la noche, porque tenía que tomar precauciones, ya que los que iban a hablar con Jesús no eran bien vistos (cf. Jn 3,2). Es un fariseo justo, porque no todos los fariseos son malos: no, no; también había fariseos justos. Este es un fariseo justo. Sintió la inquietud, porque es un hombre que había leído a los profetas y sabía que lo que Jesús estaba haciendo había sido anunciado por los profetas. Sintió la inquietud y fue a hablar con Jesús. «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro» (v.2): es una confesión, hasta cierto punto. «Porque nadie puede realizar los signos que tú realizas, si Dios no está con él» (v.2). Y se para. Separa antes del “por tanto”. Si digo esto... por tanto... Y Jesús respondió. Respondió misteriosamente, como no se lo esperaba Nicodemo. Respondió con esa figura del nacimiento: «si uno no nace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios» (v. 3). Y Nicodemo, se siente confundido, no entiende y toma ad litteram la respuesta de Jesús: pero ¿cómo puede uno nacer si es un adulto, una persona mayor?” (cf. v. 4). Nacer de lo alto, nacer del Espíritu. Es el salto que debe dar la confesión de Nicodemo y él no sabe cómo hacerlo. Porque el Espíritu es imprevisible. La definición del Espíritu que Jesús da aquí es interesante: «El viento sopla donde quiere, y oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (v. 8), es decir, libre. Una persona que se deja llevar de una parta y de otra parte por el Espíritu Santo: esta es la libertad del Espíritu. Y quienquiera que haga esto es una persona dócil, y aquí estamos hablando de la docilidad al Espíritu.

Ser cristiano no es sólo cumplir los mandamientos: hay que cumplirlos, eso es cierto; pero si te detienes ahí, no eres un buen cristiano. Ser un buen cristiano es dejar que el Espíritu entre en ti y te lleve, te lleve donde quiera. En nuestra vida cristiana muchas veces nos detenemos como Nicodemo, ante el “por tanto”, no sabemos qué paso dar, no sabemos cómo hacerlo o no tenemos la confianza en Dios para dar este paso y dejar entrar al Espíritu. Nacer de nuevo es dejar que el Espíritu entre en nosotros y que sea el Espíritu quien me guíe y no yo, y aquí: libre, con esta libertad del Espíritu que nunca sabrás dónde acabarás.

Jn 3,5a.7b-15: Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
- «Te lo aseguro, tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.
Nicodemo le preguntó:
- ¿Cómo puede suceder eso?
Le contestó Jesús:
- «Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.»

"El Espíritu Santo, maestro de la armonía"

Martes, 21 de abril de 2020

Homilía del Papa Francisco

 

«Nacer de lo alto» (Jn 3,7) es nacer con la fuerza del Espíritu Santo. Nosotros no podemos tomar el Espíritu Santo para nosotros, sólo podemos dejar que nos transforme. Y nuestra docilidad abre la puerta al Espíritu Santo: es Él quien hace el cambio, la transformación, este renacer de lo alto. Es la promesa de Jesús de enviar el Espíritu Santo (cf. Hch 1,8). El Espíritu Santo es capaz de hacer maravillas, cosas que ni siquiera podemos pensar.

Jn 3,16-21: Dios mandó su Hijo para que el mundo se salve por él.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz y para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Clave de lectura 1

Dejemos que la luz de Dios entre en nosotros
para no ser como murciélagos en las tinieblas

Miércoles, 22 de abril de 2020

Homilía del Papa Francisco

 

Este pasaje del Evangelio de Juan, capítulo 3 (cf. Jn 16-21), el diálogo entre Jesús y Nicodemo, es un verdadero tratado de teología: aquí está todo. El kerigma, la catequesis, la reflexión teológica, la parénesis... todo está en este capítulo. Y cada vez que lo leemos, encontramos más riqueza, más explicaciones, más cosas que nos hacen entender la revelación de Dios. Sería bueno leerlo muchas veces, para acercarnos al misterio de la redención. Hoy sólo tomaré dos puntos de todo esto, dos puntos que están en el pasaje de hoy.

La primera es la revelación del amor de Dios. Dios nos ama y nos ama —como dice un santo— con locura: el amor de Dios parece una locura. Nos ama: «tanto amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito» (Jn 3,16). Dio a su Hijo, envió a su Hijo y lo mandó a morir en la cruz. Cada vez que miramos el crucifijo, encontramos este amor. El crucifijo es precisamente el gran libro del amor de Dios. No es un objeto para poner aquí o allá, más bello, no tan bello, no tan antiguo, más moderno... no. Es precisamente la expresión del amor de Dios. Dios nos amó de esta manera: envió a su Hijo, se anonadó a sí mismo hasta la muerte de cruz por amor. “Tanto amó al mundo, Dios, que dio a su Hijo” (cf. v. 16).

Cuánta gente, cuántos cristianos pasan su tiempo mirando el crucifijo... y allí encuentran todo, porque han comprendido, el Espíritu Santo les ha hecho comprender que ahí está toda la ciencia, todo el amor de Dios, toda la sabiduría cristiana. Pablo habla de esto, explicando que todo el razonamiento humano que hace es útil hasta cierto punto, pero el verdadero razonamiento, la más bella forma de pensar, pero también la que más explica todo es la cruz de Cristo, es “Cristo crucificado el que es escándalo” (cf. 1Cor 1,23) y locura, pero es el camino. Y ese es el amor de Dios. Dios «tanto amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito» (Jn 3,16). ¿Y para qué? «Para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16). El amor del Padre que quiere a sus hijos con él.

Mirar el crucifijo en silencio, mirar sus heridas, mirar el corazón de Jesús, mirar el conjunto: Cristo crucificado, el Hijo de Dios, aniquilado, humillado... por amor. Este es el primer punto que hoy nos hace ver este tratado de teología, que es el diálogo de Jesús con Nicodemo.

El segundo punto es un punto que también nos ayudará: «La luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3,19). Jesús también toma esto de la luz. Hay personas —incluso nosotros, muchas veces— que no pueden vivir en la luz porque están acostumbrados a la oscuridad. La luz los deslumbra, no pueden ver. Son murciélagos humanos: sólo saben moverse en la noche. Y nosotros también, cuando estamos en pecado, estamos en este estado: no toleramos la luz. Es más cómodo para nosotros vivir en la oscuridad; la luz nos abofetea, nos hace ver lo que no queremos ver. Pero lo peor es que los ojos, los ojos del alma de tanto vivir en la oscuridad se acostumbran tanto a ella que terminan ignorando lo que es la luz. Perder el sentido de la luz porque me acostumbro más a la oscuridad. Y tantos escándalos humanos, tantas corrupciones nos señalan esto. Los corruptos no saben lo que es la luz, no lo saben. Nosotros también, cuando estamos en un estado de pecado, en un estado de alejamiento del Señor, nos volvemos ciegos y nos sentimos mejor en la oscuridad y vamos así, sin ver, como los ciegos, moviéndonos como podemos.

Dejemos que el amor de Dios, que envió a Jesús para salvarnos, entre en nosotros y “la luz que trae Jesús” (cf. v. 19), la luz del Espíritu entre en nosotros y nos ayude a ver las cosas con la luz de Dios, con la verdadera luz y no con la oscuridad que nos da el señor de las tinieblas.

Dos cosas, hoy: el amor de Dios en Cristo, en el crucificado; en lo cotidiano. Y la pregunta diaria que podemos hacernos: “¿Camino en la luz o camino en la oscuridad? ¿Soy hijo de Dios o terminé siendo un pobre murciélago?”.

CLAVE DE LECTURA 2

PAPA FRANCISCO

ANGELUS

Domingo, 7 de junio de 2020

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El evangelio de hoy (cfr. Juan 3, 16-18), fiesta de la Santísima Trinidad, muestra —en el lenguaje sintético del apóstol Juan — el misterio del amor de Dios al mundo, su creación. En el breve diálogo con Nicodemo, Jesús se presenta como Aquel que lleva a cabo el plan de salvación del Padre para el mundo. Afirma: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (v. 16). Estas palabras indican que la acción de las tres Personas divinas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— es todo un único plan de amor que salva a la humanidad y al mundo. Es un plan de salvación, para nosotros.

Dios creó el mundo bueno, bello, pero después del pecado el mundo está marcado por la maldad y la corrupción. Nosotros, hombres y mujeres, somos pecadores, todos; por lo tanto, Dios podría intervenir para juzgar el mundo, para destruir el mal y castigar a los pecadores. En cambio, Él ama al mundo, a pesar de sus pecados; Dios nos ama a cada uno de nosotros incluso cuando cometemos errores y nos distanciamos de Él. Dios Padre ama tanto al mundo que, para salvarlo, da lo más precioso que tiene: su único Hijo, que da su vida por la humanidad, resucita, vuelve al Padre y, junto con Él, envía el Espíritu Santo. La Trinidad es por lo tanto Amor, totalmente al servicio del mundo, al que quiere salvar y recrear. Y hoy pensando en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¡pensemos en el amor de Dios! Y sería bueno que nos sintiéramos amados: “¡Dios me ama!”. Este es el sentimiento de hoy.

Al afirmar Jesús que el Padre ha dado a su Hijo unigénito, recordamos espontáneamente a Abraham, quien ofrecía a su hijo Isaac, como narra el Libro del Génesis (cf. 22, 1-14): ésta es la “medida sin medida” del amor de Dios. Y pensemos también en cómo Dios se revela a Moisés: lleno de ternura, misericordioso y piadoso, lento en la ira y lleno de gracia y fidelidad (cf. Ex 34,6). El encuentro con este Dios animó a Moisés, quien, como nos dice el libro del Éxodo, no tuvo miedo de interponerse entre el pueblo y el Señor, diciéndole: «Aunque sea un pueblo de dura cerviz, perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya» (v. 9). Y así hizo Dios enviando a su Hijo. ¡Somos hijos en el Hijo con la fuerza del Espíritu Santo! ¡Somos la herencia de Dios!

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de hoy nos invita a dejarnos fascinar una vez más por la belleza de Dios; belleza, bondad e inagotable verdad. Pero también belleza, bondad y verdad humilde, cercana, que se hizo carne para entrar en nuestra vida, en nuestra historia, en mi historia, en la historia de cada uno de nosotros, para que cada hombre y mujer puedan encontrarla y obtener la vida eterna. Y esto es la fe: acoger a Dios-Amor, acoger a este Dios-Amor que se entrega en Cristo, que hace que nos movamos en el Espíritu Santo; dejarnos encontrar por Él y confiar en Él. Esta es la vida cristiana. Amar, encontrar a Dios, buscar a Dios; y Él nos busca primero, Él nos encuentra primero.

Que la Virgen María, morada de la Trinidad, nos ayude a acoger con un corazón abierto el amor de Dios, que nos llena de alegría y da sentido a nuestro camino en este mundo, orientándolo siempre hacia la meta que es el Cielo.

 

CLAVE DE LECTURA 3

PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 14 de marzo de 2021

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este cuarto domingo de Cuaresma la liturgia eucarística comienza con esta invitación: «Alégrate, Jerusalén...». (cf. Is 66,10). ¿Cuál es el motivo de esta alegría? En plena Cuaresma, ¿cuál es el motivo de esta alegría? Nos lo dice el evangelio de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Este mensaje gozoso es el núcleo de la fe cristiana: el amor de Dios llega a la cumbre en el don del Hijo a una humanidad débil y pecadora. Nos ha entregado a su Hijo, a nosotros, a todos nosotros.

Es lo que se desprende del diálogo nocturno entre Jesús y Nicodemo, una parte del cual está descrita en la misma página evangélica (cf. Jn 3,14-21). Nicodemo, como todo miembro del pueblo de Israel, esperaba al Mesías, y lo identificaba con un hombre fuerte que juzgaría al mundo con poder. Jesús pone en crisis esta expectativa presentándose bajo tres aspectos: el del Hijo del hombre exaltado en la cruz; el del Hijo de Dios enviado al mundo para la salvación; y el de la luz que distingue a los que siguen la verdad de los que siguen la mentira. Veamos estos tres aspectos: Hijo del hombre, Hijo de Dios y luz.

Jesús se presenta en primer lugar como el Hijo del Hombre (vv. 14-15). El texto alude al relato de la serpiente de bronce (cf. Nm 21,4-9), que, por voluntad de Dios, fue levantada por Moisés en el desierto cuando el pueblo fue atacado por serpientes venenosas; el que había sido mordido y miraba la serpiente de bronce se curaba. Del mismo modo, Jesús fue levantado en la cruz y los que creen en Él son curados del pecado y viven.

El segundo aspecto es el del Hijo de Dios (vv. 16-18). Dios Padre ama a los hombres hasta el punto de “dar” a su Hijo: lo dio en la Encarnación y lo dio al entregarlo a la muerte. La finalidad del don de Dios es la vida eterna de los hombres: en efecto, Dios envía a su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para que el mundo se salve por medio de Jesús. La misión de Jesús es misión de salvación, de salvación para todos.

El tercer nombre que Jesús se atribuye es “luz” (vv. 19-21). El Evangelio dice: «Vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (v. 19). La venida de Jesús al mundo determina una elección: quien elige las tinieblas va al encuentro de un juicio de condenación, quien elige la luz tendrá un juicio de salvación. El juicio es siempre la consecuencia de la libre elección de cada uno: quien practica el mal busca las tinieblas, el mal siempre se esconde, se cubre. Quien hace la verdad, es decir, practica el bien, llega a la luz, ilumina los caminos de la vida. Quien camina en la luz, quien se acerca a la luz, no puede por menos que hacer buenas obras. La luz nos lleva a hacer buenas obras. Es lo que estamos llamados a hacer con mayor empeño durante la Cuaresma: acoger la luz en nuestra conciencia, para abrir nuestros corazones al amor infinito de Dios, a su misericordia llena de ternura y bondad. No olvidéis que Dios perdona siempre, siempre, si nosotros con humildad pedimos el perdón. Basta con pedir perdón y Él perdona. Así encontraremos el gozo verdadero y podremos alegrarnos del perdón de Dios que regenera y da vida.

Que María Santísima nos ayude a no tener miedo de dejarnos “poner en crisis” por Jesús. Es una crisis saludable, para nuestra curación; para que nuestra alegría sea plena.

CLAVE DE LECTURA 4

 SANTA MISA CON OCASIÓN DE LOS 500 AÑOS DE CRISTIANISMO EN FILIPINAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Pedro
Domingo, 14 de marzo de 2021 

 

 

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16) Este es el corazón del Evangelio, este es el fundamento de nuestra alegría. El contenido del Evangelio, en efecto, no es una idea o una doctrina, sino que es Jesús, el Hijo que el Padre nos ha dado para que tengamos vida. Jesús es fundamento de nuestra alegría, y no una bella teoría sobre cómo ser felices, sino experimentar que somos acompañados y amados en el camino de la vida. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único». Detengámonos, hermanos y hermanas, un momento en estos dos aspectos: "tanto amó" y "dio".

En primer lugar, Dios amó tanto. Estas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo ―un judío anciano que quería conocer al Maestro― nos ayudan a descubrir el verdadero rostro de Dios. Él siempre nos ha mirado con amor y por amor vino entre nosotros en la carne de su Hijo. En Él vino a buscarnos a los lugares donde nos habíamos perdido; en Él vino a levantarnos de nuestras caídas; en Él lloró nuestras lágrimas y curó nuestras heridas; en Él bendijo nuestra vida para siempre. Quien cree en Él, dice el Evangelio, no se pierde (ibíd.). En Jesús, Dios pronunció la palabra definitiva sobre nuestra vida: tú no estás perdido, tú eres amado. Siempre amado.

Si la escucha del Evangelio y la práctica de nuestra fe no ensanchan nuestro corazón para hacernos comprender la grandeza de este amor, y si nos inclinamos inclinemos hacia una religiosidad formal, triste y cerrada, entonces es señal de que debemos detenernos un momento y escuchar de nuevo el anuncio de la buena noticia: Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un Dios que nos mira con indiferencia desde lo alto, sino es un Padre, un Padre enamorado que se involucra en nuestra historia; no es un dios que se complace en la muerte del pecador, sino un Padre preocupado de que nadie se pierda; no es un dios que condena, sino un Padre que nos salva con su abrazo amoroso de bendición.

Y llegamos a la segunda palabra: Dios "dio" a su Hijo. Precisamente porque nos ama tanto, Dios se entrega totalmente y nos ofrece su vida. Quien ama siempre sale de sí mismo ―no olviden esto: siempre quien ama sale de sí mismo―. El amor siempre se ofrece, se da, se gasta. La fuerza del amor es precisamente ésta: resquiebra el caparazón del egoísmo, rompe las barreras de las seguridades humanas, derriba los muros y supera los miedos, para hacerse don. Esta es la dinámica del amor: hacerse don, darse. El que ama es así: prefiere arriesgarse a entregarse antes que atrofiarse encerrándose en sí mismo. Por eso Dios sale de sí mismo: porque “amó tanto”. Su amor es tan grande que no puede evitar entregarse a nosotros. Cuando el pueblo que caminaba por el desierto fue atacado por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés hacer la serpiente de bronce; pero en Jesús, clavado en la cruz, Él mismo vino a sanarnos del veneno que da la muerte, y se hizo pecado para salvarnos del pecado. Dios no nos ama con palabras: nos da a su Hijo para que todo el que lo mire y crea en él se salve (cf. Jn 3,14-15).

Cuanto más amamos, más somos capaces de dar. Esta es también la clave para entender nuestra vida. Es hermoso encontrar personas que se aman, que se quieren y comparten la vida; de ellas se puede decir como de Dios: se aman tanto que dan la vida. No es importante sólo lo que podemos producir o ganar, sino sobre todo el amor que sepamos dar.

Y¡esta es la fuente de la alegría! Dios tanto amó al mundo que dio a su Hijo. Este hecho da sentido a la invitación de la Iglesia en este domingo: «Alégrense [...]. Desborden de alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse de la abundancia de su consolación» (Antífona de entrada; cf. Is 66,10-11). Reflexiono sobre lo que vivimos hace una semana en Irak: un pueblo martirizado exultó de alegría; gracias a Dios y a su misericordia.

A veces buscamos la alegría donde no está, la buscamos en ilusiones que se desvanecen, en los sueños de grandeza de nuestro yo, en la aparente seguridad de las cosas materiales, en el culto a nuestra propia imagen, y en tantas cosas más... Pero la experiencia de la vida nos enseña que la verdadera alegría es sentirnos amados gratuitamente, sentirnos acompañados, tener a alguien que comparte nuestros sueños y que, cuando naufragamos, viene a rescatarnos y nos lleva a puerto seguro.

Queridos hermanos y hermanas, han pasado quinientos años desde que el anuncio cristiano llegó por primera vez a Filipinas. Habéis recibido la alegría del Evangelio: Dios nos amó tanto que dio a su Hijo por nosotros. Y esta alegría se ve en vuestro pueblo, se puede ver en vuestros ojos, en vuestros rostros, en vuestros cantos y en vuestras oraciones. La alegría con las que ustedes llevan su fe a otras tierras. ¡Muchas veces he dicho que aquí en Roma las mujeres filipinas son “contrabandistas” de fe! Porque a donde van a trabajar, trabajan, pero también siembran la fe. Ésta es ―permítanme la palabra― una enfermedad hereditaria, pero ¡una dichosa enfermedad! ¡Consérvenla! Lleven la fe, ese anuncio que ustedes recibieron hace 500 años, y que ahora traen. Quiero darles las gracias por la alegría que traen al mundo entero y a las comunidades cristianas. Pienso en tantas lindas experiencias en las familias romanas ―pero es así en todo el mundo― donde vuestra presencia discreta y trabajadora se ha convertido también en un testimonio de fe. Con el estilo de María y José: Dios ama traer la alegría de la fe a través del servicio humilde y oculto, valiente y perseverante.

En este aniversario tan importante para el santo pueblo de Dios en Filipinas, quisiera también exhortarlos a no detener la obra de evangelización, que no es proselitismo, es otra cosa. El anuncio cristiano que habéis recibido debe llevarse siempre a los demás; el evangelio de la cercanía de Dios se debe manifestar en el amor a los hermanos; el deseo de Dios de que nadie se pierda pide a la Iglesia que se ocupe de los heridos y marginados. Si Dios ama tanto que se entrega a nosotros, también la Iglesia tiene esta misión: no es enviada a juzgar, sino a acoger; no a imponer, sino a sembrar; la Iglesia está llamada no a condenar, sino llevar a Cristo que es la salvación.

Sé que éste es el programa pastoral de vuestra Iglesia: el compromiso misionero que involucra a todos y llega a todos. Nunca se desanimen de caminar por esta senda. No tengan miedo de anunciar el Evangelio, de servir y de amar. Y con vuestra alegría podrán hacer que se diga también de la Iglesia: “¡tanto amó al mundo!” Una Iglesia que ama al mundo sin juzgarlo y que se entrega por el mundo es bella y atractiva. Queridos hermanos y hermanas que así sea, en Filipinas y en todas partes del mundo.

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