Conciencia ciudadana y eclesial

Todavía dista mucho para que nuestra conciencia ciudadana y eclesial quede tranquila. La acogida no es solo un acto humanitario, sino, en muchos casos, de estricta justicia y de respeto al ordenamiento jurídico internacional. A nadie demos por caridad lo que le es debido por justicia (cfr. Concilio Vaticano II, Apostolicam Actuositatem 8). 
 
En todo caso, Europa no puede echar a perder sus raíces cristianas profundamente humanistas y vender su alma solo a la razón mercantil. Nuestra respuesta ante quienes llaman angustiados a nuestra puerta no puede ser atrincherarnos ante nuevos muros y vallas de la vergüenza coronadas de espino. No podemos vivir estas llamadas angustiosas como un ataque a nuestras cuotas de bienestar, ni podemos alimentar el discurso del miedo al diferente. 
 
Europa debe responder de forma humanitaria, coordinada, conjunta y generosa a este gran desafío. Nos jugamos mucho en ello. Pero es verdad que hay que hacerlo bien y debemos aprovechar la ocasión para acentuar la necesidad de avanzar en cohesión y en justicia social. Se trata de acoger con calidez y calidad. Y ello debe llevar a revisar las insuficiencias de la política social de las administraciones y las carencias de nuestra propia intervención caritativa y social (Carta Pastoral del Arzobispo de Madrid con motivo de la Constitución de la Mesa por la Hospitalidad de la Iglesia de Madrid).

Corazón sensible

Ya no podemos pensar en clave egoísta de Estado-Nación, ni siquiera de continente europeo. Urge la globalización de las respuestas y de la solidaridad. Es verdad que este nivel macro podemos sentirlo lejano, pero sin el concurso de la sociedad civil dejamos el gobierno del planeta a manos exclusivas del mercado o del Estado. Ninguno de los dos en exclusiva son buenos conductores del destino de nuestra humanidad. Por eso es preciso el concurso de la sociedad civil.  
 
También a nivel internacional debe concurrir ese tejido social solidario que se ha activado en mil formas en los momentos más difíciles y que ha reconducido situaciones dramáticas e inhumanas, desde el orden de los valores, hacia horizontes de bien común y justicia social. La tradición cristiana, con su visión trascendente de la persona, y la Iglesia, experta en humanidad, pueden y deben contribuir eficazmente a este esfuerzo colectivo (Carta Pastoral del Arzobispo de Madrid con motivo de la Constitución de la Mesa por la Hospitalidad de la Iglesia de Madrid).

Mano pronta

Los principios de subsidiariedad y solidaridad son bidireccionales. Reclaman que el Estado y los organismos supraestatales y organizaciones internacionales asuman la responsabilidad indelegable que les corresponde en la tutela de los derechos de las personas desplazadas, y promuevan las condiciones de su plena incorporación a la sociedad y salvaguardando la cohesión social. Al mismo tiempo, la Iglesia muestra su disposición a colaborar con las entidades públicas en la acogida e integración de las personas que lleguen, desde su propia identidad y posibilidades, y sumando fuerzas para el logro del bien común.

Se precisa la creación de una autoridad supraestatal que regule los flujos de movilidad humana. Debe evitarse que determinados países estén blindados y otros se vean desbordados por una presión migratoria superior a su capacidad. 

El bien común universal, los derechos humanos y sucesivos tratados internacionales han limitado el principio de absolutización de las fronteras (derecho de injerencia humanitaria, derecho de asistencia humanitaria, normas de protección internacional para refugiados, etc.). La política común de migración y asilo debe estar basada en la solidaridad con las personas migradas y refugiadas y no en la solidaridad interesada entre los estados. Será preciso establecer rutas seguras y, sobre todo, soluciones duraderas que garanticen la plena integración de los refugiados. 

Como afirmaba Benedicto XVI, “para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” (Caritas in Veritate 67) (Carta Pastoral del Arzobispo de Madrid con motivo de la Constitución de la Mesa por la Hospitalidad de la Iglesia de Madrid).

PISTAS DE REFLEXIÓN

¿Qué realidad contemplamos a la luz de los textos?

¿Qué valores nos proponen?

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