Deuteronomio

La revelación de Dios en el monte Horeb (4, 10-14)

10El día en que estuviste delante del Señor tu Dios, en el Horeb, cuando el Señor me dijo: "Reúneme al pueblo y les haré escuchar mis palabras, para que aprendan a respetarme mientras vivan en la tierra y se las enseñen a sus hijos",

11vosotros os acercasteis y permanecisteis al pie de la montaña, mientras la montaña ardía envuelta en llamas que llegaban hasta el corazón del cielo, en medio de oscuros y densos nubarrones.

12El Señor os habló desde el fuego: vosotros oíais rumor de palabras, pero no veíais figura alguna; solamente escuchabais una voz.

13Así os reveló su alianza y os mandó cumplir los diez mandamientos que escribió en dos losas de piedra:

14Y a mí el Señor me mandó entonces que os enseñase los preceptos y normas que habíais de cumplir en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella.

Clave de lectura desde la doctrina social de la Iglesia: el designio de amor de Dios para la humanidad

A la gratuidad del actuar  divino, históricamente eficaz, le acompaña constantemente el compromiso de la  Alianza, propuesto por Dios y asumido por Israel. En  el monte Sinaí, la iniciativa de Dios se plasma en la Alianza con su pueblo, al  que da el Decálogo de los mandamientos revelados por el Señor (cf. Ex 19-24). Las « diez palabras » (Ex 34,28; cf. Dt 4,13; 10,4) «  expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza.  La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es  reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación con  el designio que Dios se propone en la historia » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 22).

Los diez mandamientos (5, 1-33)

1Moisés convocó a todo Israel y les dijo:

- Escucha, Israel, las normas y preceptos que yo os promulgo hoy. Aprendedlos y poned atención en cumplirlos.

2El Señor nuestro Dios hizo con nosotros una alianza en Horeb.

3No la hizo solamente con nuestros antepasados, sino también con todos nosotros que hoy estamos vivos.

4Allí, en el monte, el Señor os habló cara a cara, desde el fuego.

5Y yo hice de intermediario entre vosotros y el Señor para trasmitiros sus palabras, porque vosotros, aterrorizados por aquel fuego, no subisteis al monte. Fue entonces cuando dijo el Señor:

6- Yo soy el Señor, tu Dios, el que te libró de la esclavitud de Egipto.

7No tendrás otros dioses aparte de mí.

8No te harás escultura alguna o imagen de nada de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra.

9No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres que me aborrecen, en sus hijos, nietos y biznietos;

10pero con los que me aman y cumplen mis mandamientos, soy misericordioso por mil generaciones.

11No pronunciarás en vano el nombre del Señor tu Dios, porque el Señor no dejará sin castigo al que tal haga.

12Observa el sábado, para consagrarlo como el Señor tu Dios te ha mandado.

13Durante seis días trabajarás y harás en ellos todas tus tareas,

14pero el séptimo es día de descanso consagrado al Señor tu Dios. En ese día no realizarás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguno de tus animales, ni el inmigrante que viva en tus ciudades, para que tu esclavo y tu esclava descansen igual que tú.

15Recuerda que tú también fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de allí con gran poder y destreza sin igual*. Por eso tu Dios te ordena observar el sábado.

16Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te lo ha mandado, para que vivas muchos años y seas dichoso en la tierra que el Señor tu Dios te da.

17No matarás.

18No cometerás adulterio.

19No robarás.

20No darás testimonio falso en perjuicio de tu prójimo.

21No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su campo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo suyo.

22Estos son los mandamientos que el Señor promulgó con potente voz, desde el fuego y la densa oscuridad, ante toda vuestra asamblea, en la montaña. No añadió nada más. Los escribió en dos losas de piedra y me las entregó.

23Al oír la voz que salía de las tinieblas, mientras la montaña ardía envuelta en llamas, todos vosotros, jefes de tribu y ancianos, vinisteis a hablar conmigo,

24para decirme: "El Señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz que salía del fuego. Hoy hemos visto que un simple mortal puede hablar con Dios y continuar con vida.

25Pero ¿por qué tenemos que arriesgarnos de nuevo a morir devorados por este terrible fuego? Si seguimos oyendo la voz del Señor nuestro Dios, moriremos.

26Pues ¿qué mortal existe, que habiendo oído la voz del Dios vivo hablándole desde el fuego, como la hemos oído nosotros, haya vivido para contarlo?

27Por eso, acércate tú al Señor nuestro Dios, escucha todo lo que él te diga, y luego tú nos lo transmites. Nosotros lo escucharemos y lo obedeceremos".

28El Señor os escuchó cuando me hablabais, y me dijo: He oído lo que te decía este pueblo, y me parece muy bien todo lo que han dicho.

29¡Ojalá conserven siempre esa actitud, respetándome y cumpliendo mis mandamientos todos los días, para que tanto ellos como sus hijos tengan siempre una vida dichosa!

30Ahora ve a decirles que regresen a sus tiendas.

31Pero tú quédate aquí conmigo, y te daré a conocer todos los estatutos, normas y decretos que deberás enseñarles, para que los observen en la tierra que les voy a dar en herencia.

32Tened, pues, cuidado de hacer lo que el Señor vuestro Dios os ha mandado, sin desviaros a derecha ni a izquierda.

33Id por el camino que el Señor vuestro Dios os ha trazado: así seréis dichosos y tendréis larga vida en la tierra de la que vais a tomar posesión.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: La persona humana, imagen de Dios

El hombre y la mujer están en  relación con los demás ante todo como custodios de sus vidas:  « a todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn 9,5), confirma Dios a Noé después del diluvio. Desde esta perspectiva, la  relación con Dios exige que se considere la vida del hombre sagrada e  inviolable. El quinto mandamiento: « No matarás » (Ex 20,13; Dt 5,17) tiene valor porque sólo Dios es Señor de la vida y de la  muerte. El respeto debido a la inviolabilidad y a la integridad de  la vida física tiene su culmen en el mandamiento positivo: « Amarás a tu prójimo  como a ti mismo » (Lv 19,18), con el cual Jesucristo obliga a hacerse  cargo del prójimo (cf. Mt 22,37-40; Mc 12,29-31; Lc 10,27-28) (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 112).

El mandamiento más importante (6, 1-25)

1Estos son los estatutos, normas y preceptos que el Señor vuestro Dios ordenó que os enseñara, para que los cumpláis en la tierra a la cual vais a pasar para tomarla en posesión.

2De este modo respetarás al Señor tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos. A lo largo de todos los días de tu vida cumplirás las normas y preceptos que yo te doy. Así gozarás de larga vida.

3Por eso, presta atención, Israel, y esfuérzate en obedecerlos, para que seas dichoso en la tierra que mana leche y miel y llegues a ser muy numeroso, como te ha prometido el Señor, el Dios de tus antepasados.

4Escucha, Israel: el Señor -y únicamente el Señor- es nuestro Dios.

5Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6Graba en tu corazón estas palabras que hoy te he dicho.

7Incúlcaselas a tus hijos; háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de camino, cuando te acuestes y cuando te levantes;

8átalas a tu muñeca como un signo; llévalas en tu frente como una señal;

9escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas.


10Y cuando el Señor tu Dios te introduzca en la tierra que él te dará, porque así lo juró a tus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob, allí encontrarás ciudades grandes y prósperas que tú no edificaste;

11casas colmadas de todo lo mejor que tú no llenaste; pozos ya excavados que tú no cavaste; viñas y olivos que tú no plantaste. Cuando comas y te sacies,

12ten mucho cuidado de no olvidar al Señor, que te liberó de la esclavitud de Egipto.

13Al Señor tu Dios respetarás, a él rendirás culto y por su nombre jurarás.

14No vayáis tras otros dioses, esos dioses de los pueblos que están a vuestro alrededor,

15porque la ira del Señor caería sobre ti como fuego y te borraría completamente de la faz de la tierra, pues el Señor tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso.

16No pongáis a prueba al Señor vuestro Dios, como hicisteis en Masá.

17Cumplid cuidadosamente las normas y preceptos que el Señor vuestro Dios te ha ordenado.

18Haz lo que el Señor aprueba como recto y bueno, así serás dichoso y tomarás posesión de la fértil tierra que el Señor prometió a tus antepasados,

19porque el Señor expulsará delante de ti a todos tus enemigos, tal como te ha prometido.

20Y el día de mañana, cuando tu hijo te pregunte: "¿Qué significan estos estatutos, normas y preceptos que el Señor nuestro Dios os ha dado?", 21tú le responderás: "El Señor nos sacó con gran poder de Egipto donde éramos esclavos del faraón.

22Ante nuestros propios ojos, el Señor realizó grandes y tremendos milagros y prodigios en Egipto contra el faraón y toda su corte.

23Y nos sacó de allí para conducirnos y darnos la tierra que prometió a nuestros antepasados.

24El Señor nuestro Dios nos mandó, entonces, que lo respetásemos cumpliendo estos preceptos, para que seamos siempre dichosos y él nos conserve la vida como hasta ahora.

25Por su parte, el Señor nuestro Dios será justo con nosotros siempre que cumplamos cuidadosamente todos estos mandamientos, tal como él nos lo ha ordenado".

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la familia

En la familia se aprende a  conocer el amor y la fidelidad del Señor, así como la necesidad de  corresponderle (cf. Ex 12,25-27; 13,8.14-15; Dt 6,20- 25; 13,7-11; 1 S 3,13); los hijos aprenden las primeras y más  decisivas lecciones de la sabiduría práctica a las que van unidas las virtudes  (cf. Pr 1,8-9; 4,1-4; 6,20-21; Si 3,1-16; 7,27-28). Por todo ello,  el Señor se hace garante del amor y de la fidelidad conyugales (cf. Ml 2,14-15).

Jesús nació y vivió en una familia concreta aceptando todas sus  características propias y dio así  una excelsa dignidad a la institución matrimonial, constituyéndola como  sacramento de la nueva alianza (cf. Mt 19,3-9). En esta perspectiva, la  pareja encuentra su plena dignidad y la familia su solidez (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 210).

Perdón de las deudas (15, 1-23)

1Cada siete años perdonarás las deudas.

2Lo harás del siguiente modo: cuando se proclame el perdón de las deudas en honor del Señor, todo el que haya hecho un préstamo a su prójimo o a su hermano, le perdonará la deuda y no se la reclamará más.

3Podrás reclamar el pago de la deuda al forastero, pero perdonarás la deuda que tengas contraída con tu hermano.

4Así no habrá mendigos entre los tuyos, ya que el Señor te colmará de bendiciones en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar en herencia para que la poseas,

5siempre y cuando obedezcas al Señor tu Dios y cumplas cada uno de los mandamientos que yo te prescribo hoy.

6El Señor tu Dios te bendecirá, tal como te lo ha prometido; podrás prestar a muchas naciones, pero tú no tendrás que pedir prestado; dominarás a muchos pueblos, pero ninguno te dominará a ti.

7Cuando en alguna de las ciudades de la tierra que el Señor tu Dios te va a dar veas a algún pobre entre los tuyos, no seas inhumano negando tu ayuda a ese hermano necesitado;

8al contrario, tiéndele la mano y préstale lo que necesite para remediar su penuria.

9Y que no se te pase por la mente el perverso pensamiento de poner mala cara a tu hermano necesitado y no prestarle nada ya que se acerca el año séptimo, año de perdonar las deudas. Él podría clamar al Señor contra ti y te harías culpable de pecado.

10Debes prestarle, y además sin mezquindad; así el Señor tu Dios bendecirá todos tus trabajos y todo lo que emprendas.

11Nunca dejará de haber pobres en esta tierra; por eso te mando que abras generosamente la mano a tu hermano, al pobre y al indigente de tu tierra.

 

12Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti como esclavo y te sirve durante seis años, en el séptimo año lo dejarás libre.

13Y cuando lo liberes no lo dejarás marchar con las manos vacías,

14sino que le darás generosamente de aquello con lo que el Señor tu Dios te haya bendecido: de tu ganado, de tu era o de tu lagar.

15Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te liberó; por eso te ordeno esto hoy.

16Pero si ese esclavo te dice: "No quiero irme de tu lado", porque se ha encariñado de ti y de tu familia y porque contigo se encuentra a gusto, 17entonces con un punzón le perforarás el lóbulo de la oreja contra la puerta, y así se convertirá en tu esclavo de por vida. Lo mismo harás si se trata de tu esclava.

18No te pese dejar en libertad a tu esclavo, porque te sirvió durante seis años por la mitad de lo que habrías pagado a un jornalero; y, además, el Señor tu Dios bendecirá cuanto hagas.

 

19Todo primogénito macho que nazca de tus vacas o de tus ovejas lo consagrarás al Señor tu Dios. No utilizarás para trabajar al primogénito de tus vacas, ni esquilarás al primogénito de tus ovejas,

20sino que cada año, tú y tu familia lo comeréis en presencia del Señor tu Dios, en el lugar que él haya escogido.

21Pero si el animal tiene algún defecto: es cojo, ciego o tiene cualquier otra falta, no lo presentarás en sacrificio al Señor tu Dios.

22En tal caso, lo comerás en tu ciudad, igual que si se tratase de gacela o ciervo; y lo podrá comer tanto el puro como el impuro.

23Pero la sangre no la comerás, la derramarás en tierra, como el agua.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: el designio de amor de Dios para la humanidad

Del Decálogo deriva un  compromiso que implica no sólo lo que se refiere a la fidelidad al único Dios  verdadero, sino también las relaciones sociales dentro del pueblo de la Alianza.  Estas últimas están reguladas especialmente por lo que ha sido llamado el  derecho del pobre: « Si hay junto a ti algún pobre de entre tus hermanos...  no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le  abrirás tu mano y le prestarás lo que necesite para remediar su indigencia » (Dt 15,7-8). Todo esto vale también con respecto al forastero: « Cuando un  forastero resida junto a ti, en vuestra tierra, no le molestéis. Al forastero  que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo  amarás como a ti mismo; pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de  Egipto. Yo, Yahveh, vuestro Dios » (Lv 19,33-34). El don de la liberación  y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por  tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la  sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 23).

Prescripciones sobre el rey (17, 14-20)

14Si una vez que hayas entrado en la tierra que el Señor tu Dios te da, la hayas conquistado y ya estés establecido allí, dices: "Quiero tener un rey como lo tienen todas las naciones vecinas",

15te nombrarás como rey aquel a quien el Señor tu Dios escoja. El rey deberá pertenecer a tu mismo pueblo; no harás rey a un extranjero, a alguien que no sea de los tuyos.

16El rey no deberá poseer una caballería numerosa ni hacer que el pueblo vuelva a Egipto para adquirir más caballos, pues el Señor dijo: "No volváis más por ese camino".

17Tampoco tendrá muchas mujeres para que no se descarríe su corazón, ni acumulará oro y plata en cantidad excesiva.

18Cuando el rey tome posesión del trono real, mandará que le hagan una copia del Libro de la Ley que está al cuidado de los sacerdotes levitas.

19La llevará siempre consigo y la leerá todos los días de su vida para que aprenda a respetar al Señor su Dios, observando todos los preceptos de esta ley y poniendo en práctica sus prescripciones,

20de modo que no se crea superior a sus hermanos ni se aparte lo más mínimo de esta ley. Así, tanto él como sus descendientes tendrán un largo reinado en Israel.

Claves de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: la comunidad política

El pueblo de Israel, en la  fase inicial de su historia, no tiene rey, como los otros pueblos, porque  reconoce solamente el señorío de Yahvéh. Dios interviene en la historia a través  de hombres carismáticos,  como atestigua el Libro de  los Jueces. Al último de estos hombres, Samuel, juez y profeta, el pueblo le  pedirá un rey (cf. 1 S 8,5; 10,18-19). Samuel advierte a los israelitas  las consecuencias de un ejercicio despótico de la realeza (cf. 1 S 8,11-18). El poder real, sin embargo, también se puede experimentar como un don  de Yahvéh que viene en auxilio de su pueblo (cf. 1 S 9,16). Al final,  Saúl recibirá la unción real (cf. 1 S 10,1-2). El acontecimiento subraya  las tensiones que llevaron a Israel a una concepción de la realeza diferente de  la de los pueblos vecinos: el rey, elegido por Yahvéh (cf. Dt 17,15; 1  S 9,16) y por él consagrado (cf. 1 S 16,12-13), será visto como su  hijo (cf. Sal 2,7) y deberá hacer visible su señorío y su diseño de  salvación (cf. Sal 72). Deberá, por tanto, hacerse defensor de los  débiles y asegurar al pueblo la justicia: las denuncias de los profetas se  dirigirán precisamente a los extravíos de los reyes (cf. 1R 21; Is 10, 1-4; Am 2,6-8; 8,4-8; Mi 3,1-4) (Compendio de doctrina social de la Iglesia, n. 377).

Leyes humanitarias y sociales (24, 5-22)

5Si un hombre está recién casado, no tendrá que ir a la guerra ni se le impondrán otros deberes; quedará libre de cualquier servicio durante un año. Que se quede en casa para hacer feliz a su mujer.

6No tomarás en prenda de una deuda las dos piedras de un molino, ni siquiera la muela, porque eso sería lo mismo que tomar en prenda la vida de su dueño.

7Si se descubre que alguien ha raptado a uno de sus hermanos israelitas, para convertirlo en esclavo o para venderlo, el secuestrador ha de morir. Así extirparás el mal de en medio de ti.

8En caso de infección de la piel, observad minuciosamente todas las instrucciones que os den los sacerdotes levitas y seguid al pie de la letra todo lo que yo les he ordenado.

9Recuerda lo que el Señor tu Dios hizo con María cuando ibais de camino al salir de Egipto.

10Si le prestas a tu prójimo cualquier cosa, no entres en su casa para recuperar lo prestado;

11espera fuera y deja que él mismo te lo traiga.

12Si se trata de una persona pobre que ha depositado su manto en prenda, no te quedes con la prenda durante la noche;

13devuélvele el manto antes de la puesta del sol, para que se cubra con él durante la noche. Él estará agradecido contigo y el Señor tu Dios tendrá en cuenta esta buena acción.

14No explotarás al jornalero pobre y necesitado, bien se trate de un hermano tuyo israelita o bien de un inmigrante que reside en tu tierra, en tus ciudades.

15Le pagarás su jornal cada día, antes de la puesta del sol, porque él es pobre y su vida depende de ese jornal. Así no clamará al Señor contra ti y tú no te harás responsable de pecado.

16Los padres no morirán por culpa de los hijos ni los hijos por culpa de los padres. Cada cual morirá por su propio pecado.

17No le niegues sus derechos al inmigrante o al huérfano, ni tomes en prenda las ropas de la viuda.

18Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de allí; por eso te ordeno que obres de este modo.

19Cuando siegues la mies de tu campo, si olvidas en él una gavilla, no vuelvas a buscarla. Déjala para el inmigrante, el huérfano y la viuda. Así el Señor tu Dios te bendecirá en todo lo que hagas.

20Cuando varees tus olivos, no rebusques en las ramas; lo que quede, déjaselo para el inmigrante, el huérfano y la viuda.

21Cuando vendimies tu viñedo, no te dediques al rebusco; los racimos que queden déjaselos para el inmigrante, el huérfano y la viuda. 22Recuerda que fuiste esclavo en Egipto; por eso te ordeno que obres de este modo.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: El derecho a la justa remuneración y distribución de la renta

La remuneración es el  instrumento más importante para practicar la justicia en las relaciones  laborales. El « salario justo es el  fruto legítimo del trabajo »; comete una grave injusticia quien  lo niega o no lo da a su debido tiempo y en la justa proporción al trabajo  realizado (cf. Lv 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4). El salario  es el instrumento que permite al trabajador acceder a los bienes de la tierra: «  La remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia  una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo  presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las  condiciones de la empresa y el bien común ». El simple acuerdo  entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para  calificar de « justa » la remuneración acordada, porque ésta « no debe ser en  manera alguna insuficiente »  para el sustento del trabajador: la  justicia natural es anterior y superior a la libertad del contrato (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 302).

Ofrenda de las primicias (26, 1-11)

1Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor tu Dios te da en herencia, hayas tomado posesión de ella y ya estés establecido allí,

2recogerás las primicias de los frutos que produzca la tierra que el Señor tu Dios va a darte, las pondrás en una cesta e irás con ellas al lugar que el Señor tu Dios escoja como morada de su nombre.

3Te presentarás al sacerdote que esté en funciones por aquellos días, y le dirás: "Yo declaro hoy ante el Señor tu Dios, que he entrado en la tierra que él prometió darnos, según juró a nuestros antepasados".

4El sacerdote tomará la cesta que tú le entregues y la depositará ante el altar del Señor tu Dios;

5entonces tú dirás ante el Señor tu Dios: "Un arameo errante era mi padre. Bajó a Egipto y allí vivió como emigrante con un puñado de personas convirtiéndose en una nación grande, fuerte y numerosa.

6Pero los egipcios nos maltrataron, nos hicieron sufrir y nos impusieron una dura esclavitud.

7Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros antepasados, y él escuchó nuestras súplicas y vio nuestra miseria, nuestras fatigas y nuestra opresión.

8Por eso el Señor nos sacó de Egipto con gran poder y destreza sin igual, con terribles portentos, señales y prodigios;

9nos condujo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.

10Por eso ofrezco ahora los primeros frutos que produce esta tierra que tú Señor, me has dado".

Acto seguido, pondrás la cesta delante del Señor tu Dios y te postrarás ante él.

11Después festejarás con alegría los bienes que el Señor tu Dios te haya dado a ti y a tu familia. Se unirán a tu celebración los levitas e inmigrantes que viven en medio de ti.

Clave de lectura a la luz de la doctrina social de la Iglesia: salvaguardar el medio ambiente

La experiencia viva de la  presencia divina en la historia es el fundamento de la fe del pueblo de Dios:  « Éramos esclavos de Faraón de Egipto, y Yahvéh nos sacó de Egipto con mano  fuerte » (Dt 6,21). La reflexión sobre la historia permite reasumir el  pasado y descubrir la obra de Dios desde sus raíces: « Mi Padre era un arameo  errante » (Dt 26,5). Un Dios que puede decir a su pueblo: « Yo tomé a  vuestro padre Abrahán del otro lado del Río » (Jos 24,3). Es una  reflexión que permite mirar confiadamente al futuro, gracias a la promesa y a la  alianza que Dios renueva continuamente.

La fe de Israel vive en el tiempo y en el espacio de este mundo,  que se percibe no como un ambiente hostil o un mal del cual liberarse, sino como  el don mismo de Dios, el lugar y el proyecto que Él confía a la guía responsable  y al trabajo del hombre. La naturaleza, obra de la  acción creadora de Dios, no es una peligrosa adversaria. Dios, que ha hecho  todas las cosas, de cada una de ellas « vio que estaba bien » (Gn 1,4.10.12.18.21.25). En la cumbre de su creación, el Creador colocó al hombre  como algo que « estaba muy bien » (Gn 1,31). Sólo el hombre y la mujer,  entre todas las criaturas, han sido queridos por Dios « a imagen suya » (Gn 1,27): a ellos el Señor confía la responsabilidad de toda la creación, la tarea  de tutelar su armonía y desarrollo (cf. Gn 1,26-30). El vínculo especial  con Dios explica la posición privilegiada de la pareja humana en el orden de la  creación (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 451).

 

 

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