El profeta Malaquías

Vaticinio contra los sacerdotes negligentes y contra el repudio
Ml 1,1-14; 2,13-16
Mensaje del Señor a Israel por medio de Malaquías:
«Dice el Señor: "Yo os amo." Objetáis: "¿En qué se nota que nos amas?" Oráculo del Señor: ¿No eran hermanos Jacob y Esaú? Sin embargo, amé a Jacob y odié a Esaú, reduje sus montes a un desierto, su heredad a majadas de la estepa. Si Edom dice: "Aunque estemos deshechos, reconstruiremos nuestras ruinas", el Señor de los ejércitos replica: Ellos construirán, y yo derribaré. Y los llamarán Tierra Malvada, Pueblo de la Ira Perpetua del Señor. Cuando lo veáis con vuestros ojos, diréis: "La grandeza del Señor desborda las fronteras de Israel."
Honre el hijo a su padre, el esclavo a su amo. Pues, si yo soy padre, ¿dónde queda mi honor?; si yo soy dueño, ¿dónde queda mi respeto? El Señor de los ejércitos os habla a vosotros, sacerdotes que menospreciáis su nombre. Objetáis: "¿En qué despreciamos tu nombre?" Traéis al altar pan manchado, y encima preguntáis: "¿Con qué te manchamos?" Con pretender que la mesa del Señor no importa, que traer víctimas ciegas no es malo, que traerlas cojas o enfermas no es malo. Ofrecédselas a vuestro gobernador, a ver si le agradan y os congraciáis con él -dice el Señor de los ejércitos-. Eso traéis, y ¿os vais a congraciar con él?
Pues bien, dice el Señor de los ejércitos, aplacad a Dios para que os sea propicio. ¿Quién de vosotros os cerrará las puertas para que no podáis encender mi altar en vano? Vosotros no me agradáis -dice el Señor de los ejércitos-, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos.
Del oriente al poniente es grande entre las naciones mi nombre; en todo lugar ofrecerán incienso y sacrificio a mi nombre, una ofrenda pura, porque es grande mi nombre entre las naciones -dice el Señor de los ejércitos-.
Vosotros lo habéis blasfemado cuando decíais: "La mesa del Señor es despreciable; de ella se saca comida vil." Decís: "Vaya un trabajo"; y me despreciáis -dice el Señor de los ejércitos-. Cuando ofrecéis víctimas robadas, o cojas, o enfermas, ¿podrá agradarme la ofrenda de vuestras manos? -dice el Señor-. Maldito el embustero que tiene un macho en su rebaño, ofrecido en voto, y trae al Señor una víctima mediocre. Yo soy el gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones -dice el Señor de los ejércitos-.
Todavía hacéis otra cosa: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llanto y de gemidos, porque no mira vuestra ofrenda, ni la acepta complacido de vuestras manos. Vosotros preguntáis: "¿Cómo es eso?". Porque el Señor fue testigo en vuestro pleito con la mujer de vuestra juventud, a quien fuisteis infieles, aunque ella era vuestra compañera y esposa de la alianza. Uno solo la ha hecho, de carne y de espíritu; y ¿qué busca ese Uno? Descendencia divina. Custodiad vuestro espíritu, y no seáis infieles a la esposa de vuestra juventud. El que odiando rechaza -dice el Señor de Israel- mancha su ropaje con violencias -dice el Señor de los ejércitos-. Custodiad vuestro espíritu y no seáis infieles.»
El día del Señor
Ml 3,1-24
Así dice el Señor:
«Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí.
De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca?
Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos. Os llamaré a juicio. Seré un testigo exacto contra hechiceros y adúlteros, y contra los que juran en falso, contra los que defraudan el salario al obrero, oprimen viudas y huérfanos, hacen injusticia al forastero, sin tenerme respeto -dice el Señor de los ejércitos-.
Yo, el Señor, no he cambiado, pero vosotros, hijos de Jacob, no habéis terminado. Desde los tiempos de vuestros antepasados os apartáis de mis preceptos y no los observáis. Volved a mí, y volveré a vosotros -dice el Señor de los ejércitos-. Objetáis: "¿Por qué tenemos que volver?" ¿Puede un hombre defraudar a Dios como vosotros intentáis defraudarme? Objetáis: "¿En qué te defraudamos?" En los diezmos y tributos: habéis incurrido en maldición, porque toda la nación me defrauda.
Traed íntegros los diezmos al tesoro del templo, para que haya sustento en mi templo; haced la prueba conmigo -dice el Señor de los ejércitos-, y veréis cómo os abro las compuertas del cielo y derrocho sobre vosotros bendiciones sin cuento. Os expulsaré la langosta para que no os destruya la cosecha del campo ni os despoje los viñedos de las fincas -dice el Señor de los ejércitos-. Todos los pueblos os felicitarán, porque seréis mi país favorito -dice el Señor de los ejércitos-.
Vuestros discursos son arrogantes contra mí. Vosotros objetáis: "¿Cómo es que hablamos arrogantemente?" Porque decís: "No vale la pena servir al Señor; ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?; ¿para qué andamos enlutados en presencia del Señor de los ejércitos? Al contrario: nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien; tientan a Dios, y quedan impunes."
Entonces los hombres religiosos hablaron entre sí: "El Señor atendió y los escuchó." Ante él se escribía un libro de memorias a favor de los hombres religiosos que honran su nombre. Me pertenecen -dice el Señor de los ejércitos- como bien propio, el día que yo preparo. Me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que lo sirve. Entonces veréis la diferencia entre justos e impíos, entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven.
Porque mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz.
Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas; vosotros saldréis saltando como terneros del establo. Pisotearéis a los malvados, que serán como polvo bajo las plantas de vuestros pies, el día en que yo actuaré -dice el Señor de los ejércitos-.
Recordad la ley de Moisés, mi siervo, que yo le entregué en el monte Horeb para todo Israel: preceptos y mandatos. Mirad: os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir yo a destruir la tierra.»

CLAVE DE LECTURA

SANTA MISA EN EL CENTENARIO DE LA CONGREGACIÓN PARA LAS IGLESIAS ORIENTALES,
INSTITUIDA POR EL PAPA BENEDICTO XV CON EL MOTU PROPRIO DEI PROVIDENTIS EL 1 DE MAYO DE 1917

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de Santa María la Mayor
Jueves, 12 de octubre de 2017

 

 

Hoy damos gracias al Señor por la fundación de la Congregación para las Iglesias Orientales y del Instituto Pontificio Oriental por el Papa Benedicto XV, que tuvo lugar hace cien años, en 1917. Hacía estragos entonces la Primera Guerra Mundial. Hoy, como he dicho ya, vivimos otra guerra mundial, aunque a trozos. Y vemos que muchos de nuestros hermanos y hermanas cristianos en las Iglesias orientales experimentan una dramática persecución y una diáspora cada vez más inquietante. Esto causa tantas preguntas, tantos “¿por qué?”, parecidos a los de la primera Lectura de hoy, tomada del Libro de Malaquías (3,13-20a).

El Señor se queja con su pueblo y dice así: «Duras me resultan vuestras palabras. ― Y todavía decís: ¿Qué hemos dicho contra ti? ― Habéis dicho: Cosa vana es servir a Dios; ¿qué ganamos con guardar sus mandamientos o con andar en duelo ante el Señor? Ahora, pues, llamamos felices a los arrogantes: aun haciendo el mal prosperan, y aun tentando a Dios escapan libres» (vv 13-15).

Cuántas veces experimentamos lo mismo, y cuantas veces lo escuchamos en las confidencias y confesiones de las personas que nos abren sus corazones. Vemos a los malvados, los que hacen sus propios intereses sin escrúpulos, aplastando a los demás, y parece que les vayan bien las cosas: que consiguen lo que quieren y sólo piensan en disfrutar de la vida. De ahí la pregunta: «¿Por qué Señor?».

Estos “¿por qué?”, ​​que también se repiten en la Sagrada Escritura, nos los planteamos todos. Y a ellos responde la misma Palabra de Dios. Precisamente en este pasaje del profeta Malaquías dice: «Y puso atención el Señor y oyó; y se escribió ante él un libro memorial en favor de los que le temen y piensan en su Nombre» (v. 16). Por lo tanto, Dios no se olvida de sus hijos, su memoria es para los justos, para los que sufren, para los que son oprimidos y que se preguntan “¿por qué?”, ​​pero no dejan de confiar en el Señor.

¡Cuántas veces la Virgen María, en su camino se preguntó, “¿por qué?”!; pero en su corazón, que meditaba sobre todas las cosas, la gracia de Dios hacía resplandecer la fe y la esperanza.

Y hay una manera de abrir una brecha en la memoria de Dios: nuestra oración, como nos enseña el pasaje evangélico que hemos escuchado (Lc 11,5-13).

Cuando se reza hay que tener el valor de la fe: tener confianza en que el Señor nos escucha, el valor de llamar a su puerta. Lo dice el Señor: «Porque todo aquel que pide recibe, el que busca halla; y al que llama se le abrirá» (v.10). Y para esto hace falta valor.

Pero, me pregunto: ¿nuestra oración es así realmente? ¿Nos involucra de verdad, involucra nuestro corazón y nuestras vidas? ¿Sabemos llamar al corazón de Dios? Al final del pasaje del evangelio (véanse los versículos 11-13), Jesús dice: «¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pescado, en vez de pescado le da una culebra; o, si pide un huevo le da un escorpión?». Si sois padres haréis el bien de vuestros hijos. Y luego continúa: «Si, pues vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo…». Y esperamos que siga diciendo os dará cosas buenas a vosotros. En cambio, no, no dice eso. Dice: «Dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan». Precisamente este es el don, éste es el “algo más” de Dios. Lo que el Señor, lo que el Padre nos da de más, es el Espíritu: este el verdadero don del Padre. El hombre llama con la oración a la puerta de Dios para pedir una gracia. Y él, que es Padre, me da eso y más: el don, el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas: ¡Aprendamos a llamar al corazón de Dios! Y aprendamos a hacerlo con valor. Que esta oración valiente inspire y alimente también vuestro servicio en la Iglesia. Así vuestro esfuerzo dará «a su tiempo el fruto» y seréis como árboles cuyo «follaje jamás se amustia» (Sal 1,3).


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 12 de octubre de 2019.

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